Beato Pedro González, iba a ser un clérigo mundano, pero Dios lo tumba de un caballo a la manera de San Pablo

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Gustaba de recibir las loas de un pueblo que un día le dio la espalda y se burló de él.

Redacción (14/04/2021 09:48, Gaudium Press) El Beato Pedro González Telmo, o Gonçalves, nace en Astorga, España, en el año 1190, en una ciudad de la que su tío era el obispo. Su sobrino también seguiría la vida religiosa y después de estudiar fue hecho canónigo de la catedral.

Su tío le obtiene después que este canónigo sea el deán del capítulo catedralicio, es decir su principal figura. Pero asumía esas dignidades no tanto para el servicio de Dios cuanto por mundanismo. Quiso que su posesión como deán estuviera rodeada de pompa, y por ello atravesó las calles de la ciudad en un caballo finamente ajaezado, ciertamente él también ricamente trajeado. Sin embargo, el caballo da un paso en falso, tirando al caballero en una poza llena de lama.

El pueblo es con frecuencia de sentimientos volubles, y el deán Pedro vio como los gritos de admiración se transforman en burlas y rechiflas, que mucho contundieron su amor propio, pero que fueron ocasión de su conversión.

En ese mismo lugar, lleno de lama, el santo exclamó: “¿Como? ¿Ese mismo mundo que buscaba agradarme, ahora se ríe de mí? Pues bien, ahora me burlaré yo de él. De hoy en adelante le daré las espaldas para comenzar una vida mejor”. Decía el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira que era una forma típica de cómo la gracia actuaba en el español, pues le lanzó un desafío con su caída, desafío que él asumió como una corrida de toros, llegando con bravura hasta el final de la faena.

Se vuelve hijo de Santo Domingo

Abandonó entonces su carrera eclesiástica y entra a la orden de Santo Domingo de Guzmán, donde se distinguió por el eximio cumplimiento de la regla y sus grandes cualidades de predicador, entre muchas otras virtudes.

Su fama fue creciendo, llegando hasta el rey, San Fernando de Castilla, quien lo solicitó para que le diera un consejo sobre la guerra que emprendía contra los sarracenos.

Fue evangelizador de pobres, de marineros, tuvo el don de milagros, evangelizó hasta sus últimos días.

Predijo su muerte. Murió asistido por el obispo de la ciudad que él mucho estimaba. Los marinos cristianos le tienen devoción, y se encomiendan a San Telmo.

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