Santa Hildegarda, su multifacética personalidad sigue aún encantando

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Consejera de emperadores y papas, Santa Hildegarda fue favorecida desde joven con gracias místicas.

Redacción (20/04/2021 08:20, Gaudium Press) Santa Hildegarda es de esas santas que siempre están de actualidad.

Su multifacética personalidad, mística, profetiza, escritora, predicadora, consejera, médica y compositora, siguen atrayendo el interés de cristianos y profanos.

En 1908 nace Hildegarda von Bingen, hija de Hildeberto y Matilde, originarios de Bermerschein, probablemente de la nobleza del Palatinado.

A la edad de tres años, vi una luz que prendió fuego a mi alma. A los ocho años me consagré a Dios y hasta los 15 años vi en mi alma muchas cosas que ocultaba a los demás, porque noté que no tenían ese tipo de visiones”: De esa manera comienza la vida mística de santa Hildegarda, que a los ocho años años fue confiada a un monasterio, para allí ser educada.

El monasterio elegido fue el de Disibodensberg, donde vivía una monja llamada Jutta, hija del Conde de Spanheim, quien se encargó de cuidar a esta niña que mostraba signos de una gran vocación. A los 12 años pide hacer los votos religiosos en el convento en que vivía.

A la edad de 40 años, tuve una visión en la que una voz decía: ‘Di lo que viste y entendiste, no en el camino de otro hombre, pero según la voluntad de Aquel que conoce, ve y ordena todas las cosas en el secreto de tus misterio’”. Esa voz se le presentó como “la Luz viva que ilumina lo que es oscuro.” Santa Hildegarda comienza entonces a escribir su primer libro Scivias (Conoce los caminos del Señor), obra que tardará 10 años en ejecutarse.

Pero las autoridades eclesiásticas se inquietan con el correr de las revelaciones de la nueva abadesa. Todo un Papa, Eugenio III, manda a dos obispos a investigarla. Le llevan el libro Scivias, y este, con el consejo de San Bernardo, queda admirado.

Crece en fama

Su fama era acrecida por los milagros que operaba.

Un monje quiere impedir el traslado del monasterio de la santa, que le había sido indicado en visión. Entonces es atacado con un tumor en la lengua que le impide cerrar la boca y hablar. Se arrepiente y desaparece el tumor.

Discierne los secretos de los corazones. Incluso expulsa el demonio de una mujer de Colonia, demonio que los sacerdotes no habían conseguido exorcizar.

Los grandes empiezan a consultarla: Papas, obispos, emperadores como Conrado III y Federico Barbarroja.

A este última la santa en un encuentro personal le advierte:

“Estad atento, porque en la actualidad todas las regiones del reino están dominadas por falaciosos que destruyen la justicia…. Sabed, por tanto, que el Rey Supremo te mira; y no seas acusado ante Él de no ejercer tu cargo correctamente y no vengas a sentirte avergonzado”. En ese tono le escribió también al Papa Anastasio IV.

Fue predicadora porque los obispos la invitaban a hablar en sus diócesis.

Anuncia la eclosión de la herejía cátara, y profetiza la victoria sobre esa herejía.

Pasa sus últimos años en el convento de Eibingen, el tercero que fundó, y ahí muere en la paz de Dios a los 80 años en 1179.

A su muerte se siguieron hechos extraordinarios, como arcos brillantes y de colores que aparecieron en el cielo en el lugar de su tumba, arcos que se dilataban hasta los cuatro puntos cardinales. En el lugar donde los arcos se cruzaban, se vio una cruz pequeña que despues crecía, y que era cercada de muchas otras cruces pequeñas.

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