Quien recurre a la Santísima Virgen María no se desespera

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Al escuchar “¡Oh Santa Madre de Dios, ruega por nosotros! ”, gritó el demonio: ¡María! ¡No tengo a María! ¡No digas ese nombre, me hace estremecer!

Redacción (04/05/2021 14:34, Gaudium Press) ¡Siempre es bueno hablar de Nuestra Señora! Y entre los fieles católicos nació durante el mes de mayo la piadosa costumbre de hablar más de Nuestra Señora: nada más razonable, necesario y … oportuno.

Por eso, reproduciremos el texto a continuación con el deseo de que su difusión lleve a muchos a incrementar la admiración, devoción y esperanza en la Santa Madre de Dios:

El miedo y la esperanza nunca deben ir desacompasados uno del otro

El miedo y la esperanza nunca deben ir desacompasados uno del otro, porque si el miedo no va acompañado de esperanza, no es miedo, sino desesperación, y la esperanza sin miedo es presunción. Todo el valle se llenará (Lc 3,5): ‘Por eso, es urgente llenarse de confianza, y al mismo tiempo de temor de Dios, estos valles de desánimo que se forman cuando conocemos nuestras imperfecciones y los pecados cometidos’”.

No tengo a Maria. Si hubiera una María para mí, como tú, ¡no sería lo que soy! No sería un demonio…

San Francisco de Sales, como si después de su muerte quisiera continuar la guerra que había declarado al desaliento, arrancó del propio demonio una confesión llena de estímulo hasta para las almas más criminales: una vez un joven de Chablais, que había sido poseído hace cinco años por el espíritu maligno, fue llevado a la tumba del santo obispo de Ginebra, en el momento del proceso de su beatificación. Este joven tardó varios días en sanar.

Mientras tanto, Mons. Charles Auguste de Sales y la Madre de Chaugy lo sometieron a varios interrogatorios junto a los restos del santo.

Relata un testigo ocular que, en una de esas ocasiones, el demonio gritaba con más furor y confusión, diciendo: “¿Por qué he de salir?”, y la Madre de Chaugy exclamó con aquella vehemencia que le era peculiar: “Oh Santa Madre de Dios, ¡ruega por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, ayudadnos!”. Con estas palabras, el espíritu infernal redobló sus horribles gritos, gritando: “¡María, María! ¡Ah! ¡Y yo, que no tengo a María! ¡No pronuncies ese nombre, porque me hace estremecer! Si hubiera una María para mí, como tú la tienes para ti, no sería lo que soy. ¡Pero yo no tengo a María!”.

Todo el mundo estaba llorando. “¡Ah! prosiguió el demonio, si tuviera solo un instante de los muchos que desperdiciais… ¡Sí, sólo un instante y una María, yo no sería un demonio…!

Tenemos el momento presente para volver a Dios y tenemos a María: ¿por qué te desesperas?

Pues bien. Los que vivimos (SI 113,18) tenemos el momento presente para volver a Dios y tenemos a María para obtener esta gracia para nosotros: ¿Quién, pues, se desesperará?

(Fuente: “El arte de aprovechar nuestras faltas”. Joseph Tissot. Ed. Cléofas – citado por el Prof. Felipe Aquino – cleofas.com.br)

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