San Bernardino de Siena, un día en un retiro Cristo le dijo que debía despojarse de todo

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De noble alcurnia, Bernardino quedó huérfano de padre y madre a temprana edad. Una tía sembró la semilla de la fe en su alma.

Redacción (20/05/2021 08:12, Gaudium Press) San Bernardino de Siena, hombre de noble cuna, nace en la Massa Marittima de Toscana, en 1380.

Huérfano pronto de padre (a los 6 años) y de madre (a los 3 años), fue una tía materna la que se encargó de su educación. Esta era una mujer virtuosa, que sembró en el alma del futuro santo las semillas del amor de Dios.

Con un trato muy ameno, se indignaba cuando escuchaba palabras impuras: en una ocasión a un insolente libertino le dio un puño en la quijada.

Su porte modesto, pero firme, imponía respeto. Cuando conocidos estaban en una conversación inmoral, la sola cercanía del joven los hacía callar.

Su educación es eximia, dada su alcurnia. Estudió filosofía, derecho civil, canónico, y Sagradas Escrituras.

A los 17 años entra a la Cofradía de los Discípulos de la Virgen, adjunta al hospital La Scala, de Siena. Esta cofradía atendía enfermos.

En el 1400 llega la peste a Siena, y como en determinado momento faltan los enfermeros, Bernardino reúne a 12 amigos para realizar esa labor heroica. Terminada la peste, Bernardino, por el esfuerzo, había contraído una fiebre que le duró cuatro meses.

Pide a Dios luces sobre qué hacer en su vida

Pidiendo a Dios luces sobre qué hacer con su vida, se retira un día a una casa de los alrededores de la ciudad. En una ocasión, en que rezaba delante de un Crucifijo, le dice Jesús: “Bernardino, tú me ves despojado de todo y clavado a una cruz por tu amor; es necesario, si tú me amas, que te despojes también de todo y lleves una vida crucificada”. Entra entonces a los franciscanos observantes, en el convento de Colombière, a los 22 años.

Tenía un amor especial a Jesús crucificado, y continuamente se postraba delante de un crucifijo. Jesús le seguía hablando en algunas de estas ocasiones.

Los superiores lo designaron para predicación. Pero su voz era flaca y ronca, por lo que no era muy oído. Le pidió a la Virgen y ella dio robustez y claridad a su voz.

Sus prédicas conseguían casi que conversiones instantáneas. Las mujeres le entregaban objetos de su vanidad, los hombres elementos de juegos de azar. La palabra de Dios era fuego en su boca.

Pero también hacía milagros. Restituía la salud a los enfermos, curaba leprosos. Fue el iniciador del culto al nombre de Jesús. Pero esto le pareció temerario a algunos, que movieron una campaña en su contra, y consiguieron del Papa Martín V la prohibición para que predicara más. Sería triste pasar a la historia como el Papa que le impidió predicar a un Santo. Pero Martín desconfió, lo escuchó y luego lo abrazó, autorizándolo a predicar donde quisiese.

En 1438 fue hecho Vicario General de su orden. Desde ese cargo restableció la observancia en muchos conventos y construyó muchos más.

Sus muchas actividades no le impedían escribir. Escribió tratados de religión, sobre el Evangelio, sobre la Vida de Jesucristo, obras de espiritualidad, etc.

En 1444 partió para Nápoles, pero estando en Aquila sintió que cercana era su hora. Pidió, a ejemplo de San Francisco, que lo colocaran en la tierra desnuda, y así murió el día de la Ascensión, un 20 de mayo.

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