Visitación a Santa Isabel: la Virgen, el primer heraldo del evangelio de la Historia

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¿Quién sabiendo que está gestando al mismo Hijo de Dios, convirtiéndose en la Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pensaría en su prima?

Redacción (31/05/2021 13:03, Gaudium Press)

Tras haber dado su libre consentimiento y hacer efectiva la Encarnación por un acto de máxima fidelidad a la voluntad de Dios (cf. Lc 1, 38), la Virgen no abandonó la vida en sociedad, como lo demuestra la visita a su prima. ¿Quién sabiendo que está gestando al mismo Hijo de Dios, convirtiéndose en la Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pensaría en su prima? Un alma egoísta, después de haber recibido la embajada del ángel, abrazaría una mal entendida vida de contemplación, a fin de beneficiarse de esta prerrogativa y gozar de las consolaciones de la convivencia con el Niño Jesús. María hizo lo opuesto: se puso en camino enseguida, “en aquellos mismos días”, pues los inocentes se interesan más por los otros que por sí mismos.

Era un largo viaje

Jerusalén está situada en lo alto de una montaña de aproximadamente 800 metros de altitud y la ciudad donde vivía Zacarías —Ain Karim, según una antigua tradición— quedaba en un valle, a 7 km al suroeste de la Ciudad Santa. Y Nazaret estaba localizada a una distancia considerable, cerca de 130 km, que para ser recorrida se tardaban de tres a cinco días de viaje, por un camino penoso y solitario a través de los valles de Samaría y de las regiones montañosas de Judea. La Virgen superó con ánimo resoluto dichos obstáculos hasta llegar a la aldea. Sin embargo, estaríamos lejos de entender su preparación espiritual durante el recorrido si no relacionásemos la prontitud con la que hizo el trayecto con su intensa vida interior.

Al ser un alma meditativa, impregnada de fuerte espíritu de oración, nos muestra que la buena contemplación redunda en la acción bien hecha, da gloria a Dios y edifica al prójimo. Debemos compenetrarnos de que los espíritus fervorosos son aquellos que ejercen su misión con mayor éxito, porque actúan al soplo del Espíritu Santo. En este caso, María “es empujada por un movimiento divino, por el Verbo que trae consigo. Esta divina carga, lejos de retrasarle, la levanta, le hace volar, la transporta por encima de las montañas”.

La prisa, manifestación de fervor

Conviene destacar otro aspecto relacionado con el término que usa el evangelista: “de prisa”. ¿Por qué deseó salir cuanto antes a fin de estar con su prima? Tras la Anunciación, la Santísima Virgen fue favorecida con una nueva plenitud del Espíritu Santo y estaba exultante de alegría. Como el bien tiende a expandirse, María, que no tenía ni rastro de pecado y en quien todo era santidad y virtud, enseguida deseó compartir los tesoros recibidos. Con San José no podía abrir el alma, pues los hechos posteriores nos indican que la Providencia actuó con él de manera diferente, exigiéndole una gran confianza en medio de unos acontecimientos que sólo poco a poco le fueron siendo aclarados. Por eso, Ella prefirió dejar en las manos de Dios cualquier comunicación que debiera ser hecha a su esposo. Además, como el ángel le había dicho que Santa Isabel ya estaba en el sexto mes de una concepción milagrosa, María pensó que era la ocasión ideal para encontrarse con ella, también porque intuía que no habría nadie con su prima que pudiese ayudarla adecuadamente.

Salió inmediatamente, pues la vida sobrenatural no admite retrasos, pereza o desvíos. Es necesario observar que el hecho de que estuviera apresurada no significa que estuviera perturbada por cualquier agitación, ya que Ella iba, sin duda, con todo equilibrio y calma interior. La prisa venía del anhelo de comunicar las maravillas que llevaba en sí, y aunque tuviera mucha disposición de auxiliarle también en las necesidades concretas, esta no era la razón más importante. La consideración que tenía por su prima le daba la certeza de que no había nadie mejor para ser su interlocutora, puesto que Isabel “participaba de alguna manera en los misterios de la Redención”. Y por amor al divino Hijo que gestaba, se puso enseguida en camino, como comenta San Ambrosio: “Presurosa por el gozo, se dirigió hacia la montaña. Llena de Dios, ¿podía Ella no elevarse presurosa hacia las alturas? Los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo”.

Además de esto, hubo un motivo más significativo que determinó el viaje, relacionado con la persona y misión de San Juan Bautista. Por revelación del ángel, sin duda que la Santísima Virgen sabría que el hijo que Santa Isabel iba a dar a luz era el Precursor y, por esta razón, tenía la certeza de que estaba asociado de manera particular al plan de la salvación. Ahora bien, Ella quería colaborar para que la gloria de su divino Hijo fuese la mayor posible, con un deseo proporcionado al elevado grado de perfección y santidad de su alma. Por ese motivo, fue corriendo con la intención de santificar cuanto antes al Precursor, pues la idea de que ese varón pudiese nacer manchado por el pecado chocaba con sus anhelos.

La Virgen fue apresuradamente, por tanto, para transmitirles con exclusividad la Buena Nueva a Santa Isabel y a San Juan Bautista, convirtiéndose en la primera heraldo del Evangelio de la Historia. En este sentido señala Monsabré: “Ella no teme ni las dificultades ni las fatigas del viaje, porque lleva la gracia de Dios, y la gracia es un don tan grande que hay que estar dispuesto a cualquier sacrificio para llevarlo a aquellos a los que está destinado”.

(Extractos de “La arrebatadora excelencia de la voz de María” – Comentario al Evangelio Domingo IV de Adviento, por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.)

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