La virtud de la sagacidad – «Su unción os enseña acerca de todas las cosas»

0
17

En nuestros días, no raras veces nos encontramos con situaciones difíciles, en las que se nos exige una decisión rápida, y nos falta el auxilio de un prójimo. ¿Cómo actuamos en esas ocasiones?

A medida que entramos en contacto con las narraciones de los Santos Evangelios nos topamos con circunstancias en las que se manifiestan las infinitas virtudes de Jesús, las cuales forman un conjunto inigualable de perfecciones. En un pasaje trasluce su bondad sin fin, dispuesta a perdonarlo todo y a acoger incluso a los más miserables; en otro, su justicia intransigente, que lo lleva a expulsar del Templo a los vendedores y cambistas; en un tercero, su profundo espíritu de recogimiento, que se revela en las prolongadas horas de unión íntima con el Padre.

Ahora bien, hay una virtud sin la cual la panoplia de perfecciones que vemos en el Hombre Dios quedaría coja e incompleta. La demostró sobre todo en las discusiones con los fariseos y maestros de la ley cuando, ante maliciosas trampas, sabía dar la repuesta adecuada y dejar a sus adversarios en vergonzosa situación. Esta virtud es la sagacidad.

Desdoblamiento de la virtud de la prudencia

Para que se comprenda qué es la sagacidad, antes hemos de conocer la virtud de la cual ella es un desdoblamiento: la prudencia.

Esta virtud cardinal no ha de ser entendida en el sentido que, en general, le aplicamos en el día a día. Prudente no es simplemente el que nunca se arriesga y sabe evitar el peligro o lo inconveniente. La verdadera prudencia posee un significado más amplio.

Cuando tratamos de alcanzar un objetivo, podemos elegir distintos caminos para lograrlo, unos más adecuados y otros menos. Pues bien, la prudencia es la que nos lleva a escoger lo mejor, ya que es propio del prudente «formar un juicio recto sobre la acción» que pretende.1

Bandidos bandidos asaltando a un viajero, Leonardo Alenza – Museo de Bellas Artes, Bilbao (España)

Obviamente, nadie nace sabiendo cómo lidiar con todas las situaciones posibles e imaginables; hay que ir adquiriendo ese conocimiento a lo largo de la vida. Y eso se consigue, según Santo Tomás de Aquino,2 mediante la docilidad y la sagacidad.

Posee docilidad aquel que sabe procurar a otro con el fin de recibir enseñanzas que perfeccionen su propio juicio. Un hombre no puede descubrir por él mismo todas las cosas y de ahí surge la necesidad de ser instruido.3

La sagacidad, a su vez, es la cualidad de alma de quien, estando ante una situación nueva, con frecuencia compleja y delicada, descubre por sí mismo lo que debe hacer. Aristóteles decía que era «una fácil y pronta conjetura acerca del descubrimiento del medio».4

Estas dos virtudes se completan, pues el sagaz también debe ser dócil, y no fiarse de su propia prudencia (cf. Prov 3, 5), sino confiar en el auxilio del Señor que le socorrerá incluso en las ocasiones más inesperadas, muchas veces a través de la amonestación de un padre, amigo o maestro. Y del mismo modo, el dócil ha de ser igualmente sagaz para discernir los buenos consejos y los malos…5

Practicada en situaciones que exigen decisiones rápidas

Entenderemos más adecuadamente qué es la sagacidad y su relación con la prudencia si tomamos como ejemplo la vida de San Pablo.

No hay la mínima duda de que este santo había sido un modelo luminar de prudencia, que se desdoblaba, en ciertas ocasiones, en muestras de sagacidad incomparable. Es lo que le ocurrió cuando lo llevaron preso ante el sanedrín, reunido para juzgarlo y condenarlo.

En cuestión de instantes, percibió que allí estaban los saduceos y los fariseos, que no se entendían con respecto a la resurrección de los muertos. Para lograr su fin —librarse de la cárcel y de la muerte—, el Apóstol planteó ese polémico tema: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos» (Hch 23, 6). La afirmación generó enseguida una discusión tan acalorada que sacaron a San Pablo de en medio, olvidándose de que estaban allí para juzgarlo.

Así pues, se podría decir de una manera bastante informal, pero quizá didáctica, que la sagacidad es la prudencia practicada a alta velocidad.

Partiendo de estas premisas, parece perfectamente legítimo aplicar a esa virtud una división que Santo Tomás6 utiliza para la prudencia, siempre que tengamos en mente el siguiente matiz: la sagacidad es practicada en situaciones que exigen decisiones rápidas y sin la instrucción de otros.

Astucia, una falsa sagacidad

De entre las diversas enseñanzas de Jesús narradas por el evangelista San Lucas, encontramos la siguiente: «Los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (Lc 16, 8).

Al comentar esta frase, Santo Tomás expone una cuestión curiosa: ¡Nuestro Señor elogia la astucia de los hijos de las tinieblas! Ahora bien, si la sagacidad es una virtud, entonces sólo la poseen los hijos de la luz… ¿Cómo puede reconocerla el propio Dios en los que son de este mundo?

La solución a este asunto está en el hecho de que la sagacidad, en cuanto formando parte de la virtud de la prudencia, comporta tres sentidos o niveles.

El primero de ellos, falso, se encuentra en los que viven en el pecado y consiste en disponer acertadamente sobre lo que se debe hacer, pero teniendo como fin algo ruin. Es lo que sucede cuando se dice que un ladrón es sagaz. Esta actitud no proviene de la sagacidad, sino del vicio de la astucia.

Aunque a menudo se aplica la palabra astucia para el bien, esto ocurre por analogía, de la misma forma que también se puede hablar de prudencia o sagacidad para el mal.7 En sentido propio, la astucia siempre se entiende despectivamente.

La astucia de los hijos de este mundo se encuentra en esa primera categoría. Por eso Jesús especifica: «con su propia gente». Es decir, si alguien es deshonesto, sus acciones tendrán fines deshonestos.

Astucia en cuanto a los bienes pasajeros

Hallazgo de Moisés en aguas del Nilo – Iglesia de Santo Domingo de Silos, Córdoba (España)

En el segundo nivel enunciado por el Doctor Angélico, encontramos la sagacidad que, a pesar de verdadera, es imperfecta. Consiste en la astucia en relación con los bienes pasajeros, y no a aquellos que se refieren a la vida eterna. Están en esa categoría, por ejemplo, los comerciantes, los generales y todos los que se valen de su prudencia para obtener éxito en sus empresas terrenales.

La narración bíblica de la primera infancia de Moisés (cf. Éx 1, 15–2, 9) nos revela que esta es una característica del alma —muy viva, por cierto— del pueblo elegido.

Por orden del faraón todos los niños varones de los hebreos debían ser arrojados al Nilo nada más nacer. La madre de Moisés, como tantas otras, quería huir de esa obligación inicua. Así, en lugar de entregar a su hijo a la muerte, lo colocó cuidadosamente en una cesta de mimbre y lo depositó entre los juncos cercanos a la orilla del río donde la hija del faraón iba con frecuencia, y dejó que María, la hermana del bebé, lo fuera observando a distancia.

Entonces sucedió que la princesa oyó al recién nacido llorando y se puso a buscarlo alrededor, encontrándolo en la cesta. María se acercó y, sin revelar su parentesco con el niño, le dijo que conocía a una mujer que podría amamantarlo. Así pues, llevó a la propia progenitora hasta la hija del faraón, quien le encargó que cuidara del niño. Gracias a la sagacidad de María, su madre tuvo a Moisés nuevamente en sus brazos, ¡y encima recibió un sueldo!

La perfección de la sagacidad

Nos queda todavía considerar el último y más perfecto grado de esta virtud. Lo alcanza quien delibera rectamente, juzga y actúa en vista del fin último de la vida; por tanto, aquel que se vale de su prudencia para conseguir méritos y estar siempre progresando en el camino de la santidad, pues la finalidad del hombre no es otra que «alabar, hacer reverencia y servir a Dios, nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima».8

Afirma Job: «¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?» (7, 1). Así, «para ganar una batalla, al guerrero no le basta con ser fuerte, es necesario que se posea sagacidad, bien para afrontar al enemigo de cara, bien para esquivarlo con destreza».9 Esto que es aplicable al combate físico, guarda una relación mayor, sin duda, con la conquista del Reino de los Cielos, pues no hay «¡nadie más astuto que el diablo para fingir!»10, y es contra él que estamos luchando.

La sagacidad se hace necesaria tanto en lo que respecta a la salvación individual del hombre como a la ejecución de los planes de Dios en el desarrollo de la Historia, pues quien ama verdaderamente al Creador querrá que Él sea alabado y glorificado por la humanidad entera, en todo el mundo.

El ejemplo de Judit

Parece esclarecedor de esta sagacidad perfecta el ejemplo de Judit, narrado en la Sagrada Escritura.

Judit con la cabeza de Holofernes – Catedral de Lisboa

En tiempo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Holofernes marchó al frente de un poderoso ejército con la orden de apoderarse de todas las provincias y devastar aquellas que despreciaran los decretos reales. Sabiendo que los judíos ofrecían resistencia, se dirigió a la ciudad israelita de Betulia y la sitió. El pueblo, desprovisto de manutención y sin esperanzas de lograr la victoria, estaba dispuesto a capitular. En vista de esto, una viuda, inspirada por el Dios de Israel, concibió un plan de astucia formidable.

Durante la noche fue junto con su criada hasta el campamento enemigo. Al comunicar que era portadora de un crucial mensaje que llevaría a los paganos a la victoria, fácilmente consiguió sobrepasar las filas de soldados y entrar en la tienda del oficial asirio.

Dotada de una belleza fuera de lo común, no le fue difícil convencer a aquellos espíritus entregados a la impureza. Narró la situación en la cual se encontraban los judíos, que veían en aquel cerco un castigo por sus pecados. Estaban seguros de su derrota y así sería fácil conquistarlos. Como era de esperar, Judit obtuvo la confianza del general, que la invitó a que permaneciera con él en el campamento. Ella accedió, alegando únicamente que tenía por costumbre salir de noche para orar al Dios de sus antepasados, lo cual Holofernes con toda benevolencia permitió.

Ahora bien, al cuarto día, el general convocó a sus oficiales y les ofreció un banquete, en el cual todos, excepto Judit, dieron rienda suelta a su intemperancia. Después de la cena, ella se encontraba en el propio cuarto de Holofernes, que yacía sumergido en un profundo sueño, embriagado por el vino (cf. Jdt 12–13).

La suerte del pueblo israelita estaba en la decisión de aquella mujer. ¿A quién recurrir? Estaba sola. Además, debía actuar con prontitud, de lo contrario los judíos serían derrotados.

Tomó entonces la espada que estaba a la cabecera del lecho y, tras rezar interiormente para que el Dios de Israel le diera fuerzas, le asestó dos golpes en el cuello del general arrancándole la cabeza. A continuación, la envolvió en una tela y salió del campamento con su criada. Como esto ya era costumbre, los guardas no extrañaron nada.

Cuando llegó a Betulia, la alegría del pueblo fue inmensa al ver derrotado a su enemigo. Y mayor aún fue el terror de los asirios cuando, al día siguiente, los judíos los atacaron por sorpresa, ostentando como estandarte, en lo alto de las murallas, la cabeza decapitada de Holofernes (cf. Jdt 13–15).

Todos podemos ser sagaces

Después de considerar lo que expone Santo Tomás sobre la sagacidad y contemplar admirables ejemplos de esta virtud, ciertos espíritus menos adiestrados podrían imaginar que se trata de algo imposible de ser practicado por quien da los primeros pasos en la vida espiritual. Incluso alguien pensará: «Bastantes dificultades tengo para lidiar con los pequeños problemas del día a día… Nunca alcanzaré esa sagacidad más elevada».

Se equivoca. A todos los que están en gracia les es dada una habilidad, al menos suficiente, para todas las cosas necesarias para su salvación.11 Debemos tener la certeza de que siempre que la causa de Dios y nuestro destino eterno se hallen en juego, como ocurrió con Judit o San Pablo, el Señor estará a nuestro lado para inspirarnos la manera correcta de actuar. De hecho, afirma San Juan: «La unción que de Jesús habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Su unción os enseña acerca de todas las cosas» (cf. 1 Jn 2, 27). 

Notas
1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 49, a. 4.
2 Cf. Ídem, q. 48, a. 1.
3 Cf. Ídem, q. 49, a. 3.
4 ARISTÓTELES. Analytica posteriora. L. I, c. 34.
5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 47, a. 14, ad 2.
6 Cf. Ídem, q. 47, a. 13.
7 Cf. SAN AGUSTÍN. Contra Iulianum. L. IV, c. 3, n.º 20. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1984, v. XXXV, p. 673.
8 SAN IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales. In: Obras Completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1963, p. 203.
9 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 13/9/1969.
10 SAN AGUSTÍN. Sermo XCI, n.º 4. In: Obras Completas. Madrid. BAC, 1983, v. X, p. 597.
11 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 47, a. 14, ad 1.
Compartir

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here