“Yo conviví no solo con un santo, sino con un gran santo”: Recuerdos del Padre Tejedor

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El 29 de mayo pasado fallecía el P. Carlos Tejedor, superior de los Heraldos del Evangelio en Colombia. Recuerdos de alguien que convivió con él por cerca de 40 años.

Redacción (30/06/2021 21:48, Gaudium Press) El 29 de mayo pasado, fallecía en Bogotá el P. Carlos Luis Tejedor Ricci, EP, superior de los Heraldos del Evangelio en Colombia.

El recuerdo que dejó el P. Tejedor es profundo, para muchos imborrable, y con el paso de los días su bella figura moral va tomando contornos más definidos, y de más añoranza.

Don Francisco Tobón

Don Francisco Tobón, ‘Caballero de la Virgen’, quien compartió muchos años al lado del recordado sacerdote, externa sus impresiones, sus recuerdos del querido “Padre Carlos”.

Gaudium Press: Después de la muerte del Padre Carlos, surge el afecto que muchos le tenían, y el agradecimiento por su apostolado, por su entrega, por su generosidad, por su paciencia. Y también se percibe un crecimiento en el interés por la vida del P. Carlos. ¿Si uno quisiera resumir los principales trazos del P. Tejedor, Ud. que nos diría?

Don Francisco Tobón: Yo, que conviví con él los 40 años que estuvo en Colombia, sencillamente considero que conviví con un santo, y no solo un santo, sino un gran santo.

GP: A veces se usa la palabra ‘santo’ de una manera un poco amplia…

FT: Él fue un ejemplo vivo de la práctica de las virtudes, y considero que las practicó en grado heroico – lo digo siempre respetando el dictamen de la Iglesia. Pero esa es la definición de un santo. Yo soy testigo de eso, porque conviví con él 40 años.

Fue un hombre que fue fiel a la orientación, al modelo que para él constituyó el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, a quien él conoció muy joven. Un día él viajó al Brasil, lo conoció, y fue en contacto con él que él decidió consagrar su vida entera a este apostolado. También tuvo algunos contactos con la Sra. Lucilia Corrêa de Oliveira, madre del Dr. Plinio, que en nuestra familia espiritual la consideramos también como fundadora, fue quien formó al Dr. Plinio en las vías de la santidad, y el Padre Carlos bebió de esa fuente que para nosotros sigue siendo el Dr. Plinio. Además, en ese entonces el P. Carlos hizo parte de una primera experiencia de vida religiosa, en Argentina, orientados por Mons. João Clá, quien formó lo mismo en Brasil, siendo todavía la comunidad una organización civil.

Transitando ese camino y ese rumbo el Padre Carlos fue un modelo desde siempre de devoción eucarística, de devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de amor y devoción a la Santísima Virgen, de veneración en la celebración de los sacramentos, de amor a la Iglesia, de amor al Papado. Él era un hombre entregado las 24 horas al apostolado, al bien de las almas.

Y el punto característico, por lo menos para mí, del Padre Carlos, fue que supo encarnar, personificar para quienes lo conocimos, la bondad, la paciencia, la mansedumbre infinitas del Sagrado Corazón de Jesús y la maternidad de la Virgen. Yo lo conocí cuando aún no era sacerdote, pero él fue siempre un padre, es decir, un ‘papá’; para todos era un padre, un papá.

GP: Hay quienes no benévolamente dicen que los argentinos tienen un carácter a veces demasiado fuerte.

FT: Él era argentino y tenía sus ‘argentinadas’, de decir ciertas cosas de frente, en voz alta, cosas que tal vez un colombiano diría por detrás. Pero con el tiempo él supo adaptarse, supo penetrar y amoldarse al temperamento colombiano. Incluso el Dr. Plinio una vez que lo vio le dijo “pero hijo mío, ¡Ud. ya parece colombiano!”. Y el P. Carlos le contestó “¡ahh Dr. Plinio ese es el mayor elogio que me han hecho en la vida!”

Por ejemplo, cuando surgía un problema complicado, a veces él decía “hay que ‘darle por los laditos’, por los laditos”, un decir muy propio de esta tierra. “Con ‘mañita’, con ‘mañita’ ”, ese tipo de expresiones que son reveladoras de cómo se hacen muchas cosas en Colombia. En eso él fue un ‘artista’, porque en las situaciones más complicadas actuaba así; y él, por su temperamento, su tendencia natural seguramente era de actuar de manera cortante. Pero no, él sabía tener una paciencia increíble, esperar el momento adecuado, con suavidad buscaba la solución, y con una habilidad increíble, que la terminaba consiguiendo.

GP: ¿Recuerda algunos hechos concretos donde hallan brillado las virtudes de paciencia y bondad que Ud. refiere?

FT: Él en un momento me encargó de la formación de los más jóvenes en Bogotá; de Cali me hizo ir a Bogotá con esa finalidad. Y fue entonces que tuve la gracia de empezar a convivir con él.

Yo estaba encargado de un grupo de muchachos y llegó uno nuevo para ser formado, a integrar un grupo que ya tenía una cierta formación, cierta disciplina, ciertas costumbres, horarios, y una convivencia armónica. Y llega este joven, un muchacho caprichoso, desobediente, que vino a ‘dañar el ambiente’.

Y yo, que soy colombiano, quería darle ‘tres patadas’ y quitarme ese problema de encima sacando a ese muchacho, que estaba desbaratando el buen ambiente que con esfuerzo se había formado. Cada vez que éste joven hacía algo, yo iba y le decía “don Carlos, ese muchacho hizo tal cosa”. Y él me respondía “tenga paciencia. Mire, el Sagrado Corazón de Jesús, la bondad de doña Lucilia, esperemos, recemos por él…”. Al otro día hacía otra: “Don Carlos, esto ya no puede ser, esto ya no se puede permitir”. Y venía la respuesta: “Espere, aguante, pidamos a Nuestra Señora”. Yo estaba que no sabía qué hacer… Al final, por la intercesión del Padre Carlos, nos tocó aguantar a ese muchacho, y ese muchacho hoy está en la comunidad. Está en la comunidad, por la paciencia de él.

GP: Las personas destacan la gran capacidad de acción del Padre Carlos.

FT: No sólo desde el punto de vista sobrenatural, una persona ejemplarmente virtuosa, sino que desde el punto de vista natural la Providencia también lo dotó de muchos dones, impresionantes. Además, con su fidelidad a la gracia, esos dones se multiplicaron, se sublimaron.

Yo quedaba sorprendido cada día que yo convivía con él, y que él tomaba una decisión, resolvía un asunto, hacía algo, yo decía “¡pero qué hombre tan completo, qué hombre tan capaz!” En cuanto, digamos, ‘líder’, su autoridad no era del estilo ‘aquí mando yo, Ud. tiene que obedecer’, no. Él se ganaba la simpatía, él cautivaba el corazón y la persona, conquistaba la benevolencia, sabía mostrar que él ejercía su autoridad para el bien del subalterno. Cuando a veces a uno lo regañaba, o hasta le imponía un castigo, uno sentía que no era una cuestión de egoísmo, temperamental, no, era para hacerle bien a uno, eso era clarísimo.

Luego, para tomar decisiones, una sabiduría… A veces unos problemas que uno miraba por un lado, por otro, y se preguntaba ‘¿cómo arreglo esto?’ y no se encontraba la salida. Y le exponía uno el problema y él ahí mismo ‘chumm’, daba una solución que uno decía “¡increíble, sí, esa es la salida!”. Una agilidad, una astucia para conducir las personas, para armonizar – los colombianos que somos tan explosivos y a veces no nos entendemos el uno con el otro, nos indisponemos por bobadas – y él sabía a cada uno darle su función, a cada uno le manejaba su temperamento, con una paciencia increíble, estimulaba las cualidades que cada uno tenía, delegaba a cada uno de acuerdo a la función, de acuerdo a sus capacidades.

GP: Talleyrand decía que el arte de gobernar era el arte de colocar a cada uno en el lugar adecuado. ¿El P. Tejedor tenía eso?

FT: Enteramente. Esa era la escuela del Dr. Plinio, el Padre Carlos era un ejemplo vivo de eso. Que los subalternos no funcionen porque la autoridad los empuja y solo hacen lo que la autoridad les manda. Es saber estimular las potencialidades de sus subalternos, orientarlos, pero saber estimular esas capacidades que cada uno tiene. Él era un ejemplo en ese sentido.

GP: Como formador, ¿qué quiere destacar usted del P. Tejedor?

FT: Desde que el llegó a Colombia en el año 1981, una de las primeras cosas que hizo fue realizar un congreso de formación para jóvenes, y siempre manifestó un notable celo apostólico con los jóvenes, y más o menos dos veces al año él organizaba personalmente esos congresos, miraba cuáles iba a ser las reuniones, las obras de teatro, y todo. Un orador excelente – todo el mundo conoció eso – no sólo sabía ilustrar la inteligencia sino sobre todo mover los corazones, sabía sembrar el entusiasmo, el amor por la Virgen, por la Iglesia, por el apostolado. Toda su vida en Colombia, durante 40 años nunca paró, hasta el último año, el último retiro espiritual que hicimos a inicio de año, estuvo varios días en su cuarto buscando textos, preparando los temas.

También en las reuniones semanales que hacía para formación interna, él había preparado, estudiado el tema – no era un improvisador – pero no sé de dónde sacaba tiempo, porque era impresionante la cantidad de cosas que hacía.

No era solo el trabajo de formación, sino toda la acción pública, el apostolado, durante 40 años recorrimos Colombia entera y era el Padre Carlos quien iba a la cabeza de las misiones hasta los últimos rincones del país, por ejemplo difundiendo lo relacionado con las apariciones y el mensaje de la Virgen de Fátima, difundiendo un librito que se fue agotando edición tras edición.

O peregrinaciones con la imagen de la Virgen de Fátima, recorriendo ciudades, pueblos, lugares hasta inhóspitos, y él incansable, al tanto de todo, orientando, dirigiendo, con una sabiduría, con una prudencia, siempre respetuoso de las autoridades eclesiásticas. Varios obispos lo honraron con su amistad personal, también personalidades de todas las regiones del país. Él conquistaba el corazón de las personas que tenían contacto con él, muchísimas personalidades manifestaron su compunción cuando supieron de su muerte. Algunos diciendo que no solo él era su amigo, sino un padre. Pero no solo personalidades, personas humildes, a los que él les enviaba cartas y recibía llamadas; leía todas las cartas que le mandaban.

Él contaba que había una señora de ciento y algo de años, humilde, que le pedía al Padre que la visitara para consolarla de algunas cruces, y él varias veces la fue a visitar. El hijo llamó al P. Carlos de parte de su mamá y él fue a animarla, teniendo tantas ocupaciones.

Él estuvo en el fin de su vida dos veces en la clínica, la primera – que creímos que se había recuperado – y luego para la recaída final. Cuando regresó a la casa antes de la recaída, lo recibió la comunidad, y coincidió con que era el día de su cumpleaños. Él saludó al uno, al otro, recibió los regalos, dio unas cortas palabras pues venía agotado, pero de las primeras cosas que hizo fue preguntar el estado de otro de la comunidad que estaba hospitalizado, estaba preocupado con la salud del otro. Y luego se dirigió al guarda de la casa, lo saludó por su nombre, “¿y cómo está su familia?” le preguntó. También a un conductor, lo saludó por su nombre, indagó por su familia, en medio de su enfermedad. Insisto, él era un ejemplo vivo de la bondad del Sagrado Corazón.

GP: ¿Y no sólo como formador, sino como maestro?

FT: Con todos estos recursos digitales actuales, se comenzó a transmitir la misa diaria que él celebraba, lo que se hizo por un espacio de cerca de 4 años. Y ahí comenzó a tener una gran cantidad de seguidores, que se cautivaban con sus homilías cortas, concisas, claras y que tocaban el corazón. A los otros sacerdotes de la comunidad les decía: “No hablen tan largo, hagan sermones cortos. Pobre la gente, cansada, la gente no quiere oír sermones largos, hablen corto”, y él era ejemplo de eso.

Él dictaba muchas conferencias, en las que por su propia naturaleza había que desarrollar sistemáticamente un tema, no es un sermón, es un aula de formación, hay varios cursos por internet donde él dictaba aulas. Normalmente un conferencista demoraba una hora, pero con el Padre Carlos ya se sabía, él llegaba y la conferencia demoraba máximo 40 minutos.

También destaco que ciertos temas así más teóricos, más doctrinarios, él con maestría sabía presentarlos de una forma agradable, sensible, que no se quedaba solo en el terreno de los principios sino que presentaba las cosas de una manera viva, para no solo conocer sino también amar. Temas como por ejemplo el de la Trinidad, los presentaba de manera accesible y que tocaba el corazón, hacía con que la gente amara más la Santísima Trinidad. Y por eso la audiencia de sus sermones, en eso él se hizo célebre en el país, también fuera del país, y su ausencia en muchos dejó una sensación de orfandad, en gente que no lo conocía personalmente sino por las misas y las homilías transmitidas a través de internet.

GP: En sus últimos días, parece que tuvo sufrimientos notables…

FT: Nadie esperaba que ocurriera el desenlace que hubo, creíamos que él se iba a recuperar y que se le tendría muchos años más orientando todo. Pero en los últimos años, desde el punto de vista del ‘gobierno’, él fue delegando cada vez más y fue dando mucha más autonomía, o sea, montó un sistema de apostolado que ya funcionaba ‘solo’, y él como que se metía menos en las cosas. Por ejemplo, a mí me hacía una sugerencia pero muchas veces me decía “yo le sugiero, pero haga usted lo que le parezca”. Antes no era tan así, pero él como que se estaba desprendiendo de las cosas de la Tierra.

Así como Nuestro Señor Jesucristo – esto lo digo como una impresión muy personal –, que predicó, fundó la Iglesia, formó un grupo de apóstoles, instituyó los sacramentos, en fin, hizo muchas cosas concretas, pero ‘la gran obra’ de Él fue su muerte en la cruz, el haber ofrendado su vida por la salvación del género humano, y que toda esa obra concreta, regada con su sangre tomara la dimensión que debía tomar. Y a mí la impresión que me da es que la Virgen al P. Carlos le pidió algo similar.

Él dedicó su vida entera incansablemente a cumplir con su vocación, acercó a cuántos a la Fe, a la devoción a la Virgen, al amor a la Iglesia, en todo el país. Pero la Virgen le pidió que coronara toda esa obra con la ofrenda de su vida.

Esa primera internación que tuvo en el hospital, él mismo lo contó cuando volvió, en una pequeña charla, nos reunimos en torno de él algunos, y ahí él dijo algo que a mí me impresionó muchísimo. Él dijo: “Yo no sabía que un hombre podía sufrir tanto en esta vida”.

Yo quedé sorprendido, pues me decía a mi mismo: “Bueno, él tuvo una enfermedad y como toda enfermedad, eso es algo que produce todas sus incomodidades y dolores”. Pero él ahí aclaró que no era tanto la incomodidad de la enfermedad sino que fue – para mí, por lo que él explicó – lo que San Juan de la Cruz llamó ‘la noche oscura del alma’.

Porque él decía “yo me sentía como si estuviera siendo absorbido o estuviera cayendo en el vacío”. Decía que no eran tentaciones contra la fe, pero lo que él experimentaba, por lo que él describía, era eso continuamente. Era una sensación del abandono de Dios, en la línea de lo que Nuestro Señor sintió en la cruz, cuando dijo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?”. Y el Padre Carlos añadía “y el demonio se aprovecha de eso, pero no quiero pensar, porque si pienso en eso, eso me perturba”.

Nuestra Señora le pidió esa prueba, pero ya había pasado la prueba. Durante toda su vida dio sangre del alma, pero en ese momento la Virgen le pidió un sacrificio supremo para coronar todos esos 40 años de apostolado en este país, y para comprar gracias – creo yo – para que este apostolado produzca frutos superabundantes en la línea de la vocación que Colombia tiene para el Reino de María.

GP: Parece que en los últimos momentos él sintió una gracia de consolación muy diversa a esa prueba tipo noche oscura del alma que usted acaba de relatar.

FT: Cuando él fue por segunda vez a la clínica Los Nogales, donde estuvo por tres días para finalmente morir – su primera estadía ahí fue de más de una semana – él manifestaba un verdadero pánico de volver a ese centro donde había experimentado esa prueba que narré arriba. Cuando sus síntomas empeoraron, él no quería se llamara a un médico porque sabía que el médico lo enviaría al hospital y estaba presente ese ‘fantasma’ del gran sufrimiento de su primera internación.

Pero en cierto momento se decidió que había que llevarlo al hospital, y cuando ya estaba entrando comentó, sorprendido consigo mismo: “¿Saben? No sé por qué, pero estoy muy tranquilo…”. Se ve que en esos últimos momentos Nuestra Señora le dio una gracia de consolación, de serenidad, de confianza, de tranquilidad.

La Virgen tuvo varios gestos de afecto hacia él en esos últimos días. El encargado de unos despachos de elementos religiosos por correo le mostró la estampa que sería enviada próximamente. Era una estampa de Nuestra Señora de la Confianza.

Cuando él la vio, tuvo un feliz sobresalto y pidió que le obsequiaran un ejemplar: “Es que para mí ésta imagencita vale mucho, pues fue la primera imagen que yo tuve de la Virgen, la de Nuestra Señora de la Confianza”. Fue la primera imagen de la Virgen que él tuvo, y fue el último regalo que él recibió, y con una advocación que fue exactamente la gracia que él tuvo en ese momento, la confianza, al partir por última vez a la clínica, de donde no regresaría más.

GP: Parece que también un hecho muy simbólico ocurrió con una reliquia de Santa Teresita…

FT: Eso es muy lindo…

Cuando él conoció al Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, con algunos pocos el Dr. Plinio hizo lo siguiente, eso también lo hizo con Mons. João Clá: Le dijo “hijo mío, yo quiero consagrarlo a Santa Teresita”. Y en una ceremonia simple, improvisada, ellos se consagraron con una fórmula a Santa Teresita del Niño Jesús, los puso en manos de Santa Teresita. Eso fue antes de él venir a Colombia.

Y cuando comenzó todo este asunto de la pandemia, un día el siente una inspiración y se dice a sí mismo: “Bien, yo estoy consagrado a Santa Teresita, el Dr. Plinio me consagró a ella, por tanto voy a pedirle: ‘Santa Teresita, por favor, protege aquí la comunidad de este virus’”.

Pasó el tiempo y un día el virus contagió a algunos de la comunidad, inclusive yo era uno de ellos. Y eso constituyó una prueba para él, pues era como si Santa Teresita nos hubiera desprotegido; “Santa Teresita, pero ¿qué pasó?” era la pregunta que podría hacerse.

Cuando él sale del hospital después de la primera internación, llega a la casa de la comunidad el día del cumpleaños, y en la entrada un sacerdote de los Heraldos le ofrece como regalo de cumpleaños una reliquia de Santa Teresita con un álbum de fotos de Santa Teresita.

El P. Carlos se emociona mucho, y dice : “Ahhh Santa Teresita…”. Y entre sorprendido y desconfiado pregunta al sacerdote que por qué una reliquia de Santa Teresita. El sacerdote le responde de forma que muestra que no conocía el pedido que él le había hecho a la Santa, ni su consagración a la santa, pero en ese momento el Padre Carlos sintió que Santa Teresita siempre había velado por todos, y le decía “esté tranquilo, que yo no me olvidé de usted. Si esto sucede, es porque es un plan de Dios, pero yo estoy con usted”. Y la reliquia la puso al lado de su cama y todos los días la besaba, la veneraba, lo mismo con el álbum, y lo acompañó hasta el último momento en la casa de la comunidad.

GP: ¿Y la despedida final?

FT: Contaban los que lo llevaron a la UCI, y ya se sabía que iba a entrar en poco tiempo en inconsciencia, que él hacía un gesto con la mano como despidiéndose, y también como diciendo “ánimo, para adelante, sigan adelante”, con una sonrisa, entrando al drama, pero siempre haciendo apostolado.

Me impresionó también cómo, cuando ya se lo estaba velando, la gente quería acercarse, tocar su mano, se quedaban un rato junto a él, sintiendo una gracia de consuelo, de ánimo. Eso también se sintió en el funeral, una sensación de que espiritualmente nos acompaña incluso más que antes. En medio del dolor, un ambiente de alegría, de triunfo, la alegría de que había entrado en el cielo…

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