Santa Edith Stein, de filósofa atea a carmelita de altar

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Edith Stein, la menor de una numerosa familia hebrea.

Redacción (09/08/2021 07:18, Gaudium Press)

Redacción (Viernes, 09-08-2013, Gaudium Press) Edith Stein, la menor de una numerosa familia hebrea, nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau (Alemania). Aún no cumplía dos años cuando quedó huérfana de padre. La pequeña poseía un temperamento fuerte, vivaz e independiente. Además, demostraba una inteligencia muy precoz, que le proporcionó el primer lugar de la clase durante toda su vida escolar. Miembro de una familia judía observante, Edith creía en Dios y le dirigía sus plegarias.

Joven filósofa en busca de la Verdad

Pero al llegar a la adolescencia, perdió la fe en la existencia de Dios, dejó de rezar y abandonó los estudios. Así lo declaró más tarde: “Con plena conciencia y por libre elección, dejé de rezar. Mis ansias de conocer la verdad eran mi única oración”.

A los 14 años decidió retomar los estudios con el ánimo de entrar a la universidad. Y en 1911 se matriculó no en uno, sino en tres cursos: Filosofía, Lengua Germánica e Historia. En aquellos años no era común que una mujer estudiara en la universidad, ¡y menos que una joven de 20 años tomara tres materias al mismo tiempo!

Todas las preferencias de Edith eran para la filosofía. Así, en 1913 se mudó a Göttingen para asistir a las clases de Edmund Husserl, considerado el filósofo alemán más importante de su tiempo.

Descubre el Padrenuestro

Pero ella seguía preguntándose por la Divinidad.

Finalmente, ¿qué es Dios? ¿En qué consiste esa Verdad definitiva, por la que he trazado mi vida? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? ¿Cómo se explica el mal? Este género de asuntos poblaba la mente inquieta de Edith. Años después afirmó: “El estudio de la filosofía es un continuo caminar al filo del abismo”. Y agregó: “Yo vivía en el ingenuo autoengaño de creer que todo estaba correcto en mí, como es frecuente en personas sin fe, que viven en un tenso idealismo ético”.

Atravesaba dicha situación cuando hacia 1914 realizó un análisis del Padrenuestro, no desde el punto de vista religioso, sino que para un curso de etimología. La oración la impresionó mucho, y la repasó varias veces.

En esa misma época conoció a Adolf Reinach, judío y discípulo de Husserl como ella, y que también buscaba la Verdad con fervor y rectitud. Entre ambos surgió pronto una sincera amistad, en la que participaba además Anne, esposa de Adolf. De hecho, los Reinach estaban en vísperas de su conversión al catolicismo, y eso tendría especial repercusión sobre Edith.

Enfermera voluntaria

El mismo año 1914, las actividades intelectuales en Alemania sufrieron un gran trastorno al estallar la Primera Guerra Mundial. Edith volvió a su natal Breslau y se alistó como enfermera voluntaria. Su disponibilidad y entrega con los enfermos, especialmente los moribundos, le valieron la medalla de honor de la Cruz Roja.

El hospital militar cerró y Edith se trasladó a Friburgo, donde hizo su doctorado en filosofía con calificación summa cum laude (máxima con elogios).

La fuerza del ejemplo

Poco tiempo después, la Providencia puso ante sus ojos dos episodios que, a manera de flashes fotográficos, iluminaron el alma de la joven doctora en camino a la conversión.

Un día, visitando la catedral de Friburgo con simples intenciones turísticas, vio entrar a una aldeana con la cesta de la compra y arrodillarse para una breve oración. “Esto fue para mí algo completamente nuevo -confesó-. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado, los creyentes acuden a las funciones del culto comunitario. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, como si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido”.

Otra escena sucedió en casa de un campesino católico, donde se había hospedado durante un paseo. Le causó viva impresión ver al padre de familia reunirse con sus trabajadores en la mañana para una oración antes de marchar a las labores del campo.

Por fin, la conversión

Adolf Reinach -el amigo que buscaba la Verdad al igual que ella- falleció en 1917. Visitando a su viuda, Anne Reinach, Edith quedó desconcertada al encontrarla con más esperanza que dolor. Pero al mismo tiempo se maravilló cuando ésta le comunicó su conversión y le explicó el papel de la Cruz de Cristo. “Ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores… Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad”, confidenció más tarde.

Alrededor de 1918 leyó los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, llevada por un interés académico. No obstante, al percibir la densa espiritualidad contenida en esa obra, realizó los 30 días de meditaciones, de los que salió con el ferviente deseo de hacerse católica. Aun así, debió vencer algunas luchas internas antes de llegar a la conversión definitiva.

Eso ocurrió el verano de 1921. Edith fue invitada a pasar unas semanas en la finca de una amiga en Berzabern, Alemania. Una noche, sola en la casa, tomó sin mayor interés un libro de la biblioteca. Dios colocaba en sus manos la “Vida de santa Teresa de Ávila, escrita por ella misma”. “Me puse a leerlo -contará después- y de golpe quedé cautivada y no me detuve hasta el final. Cuando cerré el libro, me dije: ¡Aquí está la verdad!”.

Al día siguiente, Edith compró un catecismo y un misal y, después de estudiar meticulosamente su contenido, asistió por primera vez a misa, luego de la cual buscó al párroco para pedir el bautismo, que recibió pocos meses después, el 1 de enero de 1922.

Profesora apostólica

No fue por casualidad que la Virgen María puso en manos de esa alma excepcional la autobiografía de la gran santa Teresa. Desde el día de su conversión se sintió tan poderosamente llamada a la vida contemplativa en la Orden del Carmen, que dejó atrás todas sus pretensiones mundanas y empezó una vida de carmelita tanto como las circunstancias se lo permitían.

Sin embargo, su director espiritual, Mons. Canon Schwind, creyó más provechoso para la Iglesia que ella empleara sus talentos en el apostolado laico, y la invitó a enseñar alemán e historia en el Instituto de Educación de Santa María Magdalena, en Spira. Edith hizo in pectore los votos de pobreza, obediencia y castidad y se volcó a la enseñanza. La Fräulein Doktor (señorita doctora), como se hizo conocida, se expresaba a la perfección en seis idiomas, a la vez que conocía y traducía con facilidad las obras de santo Tomás de Aquino.

Pero, más que dar clases, se empeñaba en “ayudar a las alumnas a moldear su vida según el espíritu de Cristo” . Y persuadida que “Fray Ejemplo es el mejor predicador”, hacía su apostolado principalmente a través de una auténtica vida de piedad: pasaba horas arrodillada ante Jesús Sacramentado como si nada más hubiera en el mundo, y tenía una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen María.

Oradora y catedrática

Entre 1928 y 1933, por iniciativa de un insigne sacerdote, recorrió Europa dando conferencias sobre el papel de la mujer católica en el ámbito familiar y social, ofreciendo como modelo a María, la Virgen Madre. En 1932 fue nominada a la cátedra de antropología en el Instituto Alemán de Pedagogía Científica de Münster. Pero los maléficos vientos del nazismo soplaban ya; apenas un año más tarde perdió el puesto por su ascendencia judía.

Una novicia camino a la santidad

Finalmente, el 14 de octubre ingresó al Carmelo de Colonia. En abril de 1934 tuvo lugar la toma de hábito. Edith Stein moría a este mundo y nacía una nueva esposa de Cristo: la hermana Teresa Benedicta de la Cruz.

El noviciado no fue fácil pues ya tenía 43 años, y entre las hermanas su ciencia no interesaba mucho. Además, el trabajo manual era parte importante de la vida monástica y la hermana Teresa era muy torpe… La maestra de novicias no dejaba de reprenderla en las ocasiones oportunas, pero jamás se mostró resentida. Sabía que esos pequeños sacrificios formaban parte del camino a su santificación y los tomaba con serenidad.

La muerte de su madre en 1936 dejó a su hermana Rosa libre para recibir el bautismo que deseaba ardorosamente, y para ser recibida en el mismo monasterio de Colonia como terciaria carmelita. Ambas mujeres permanecerán unidas hasta la muerte.

Los judíos católicos, nuestros peores enemigos”

En la segunda mitad de la década de 1930, la beligerancia entre el partido nazi y la doctrina católica fue haciéndose más reñida. El gobierno encabezado por Hitler perseguía solapadamente a la Iglesia. Cuando en 1937 el Papa Pío XI condenó de manera contundente al nazismo con la Encíclica Mitbren nender Sorge (“Con ardiente preocupación”), creció la animosidad de los hitlerianos: la campaña anticlerical se agudizó, muchos obispos fueron agredidos en público y miles de fieles fueron deportados a los campos de concentración.

Para evitar que su presencia hiciera peligrar el Carmelo de Colonia, la hermana Teresa Benedicta pidió ser trasladada a algún convento fuera de Alemania. Antes que atendieran su petición, delegados del gobierno nazi violaron la clausura del monasterio en su búsqueda. Ante eso, fue transferida apresuradamente al Carmelo de Echt, en Holanda. Un año y medio después llegó también su hermana Rosa.

En julio de 1942, los obispos holandeses asumieron formalmente una postura contraria al nazismo, en protesta por la injusta persecución a los judíos. La reacción del régimen nazi no se hizo esperar: el 2 de agosto la Gestapo sacó del convento a las dos hermanas, que fueron deportadas al campo de Amersfoord, al norte de Holanda, junto a otros 242 judíos católicos. El Comisario General Schmidt reconoció públicamente que la tiránica medida se había tomado a raíz de la valerosa actitud del Episcopado: “Como el clero católico no se deja disuadir por ninguna negociación, nos vemos forzados a considerar a los judíos católicos como nuestros peores enemigos, y por esta razón, a deportarlos al Este lo más rápido posible”.

Parecía una imagen de la Pietà pero sin Cristo

Fácil resulta comprender el desánimo y hasta la desesperación que minaban a esos infelices, brutalmente arrancados de sus hogares y llevados hacia un campo de concentración en vagones de carga. Pero la hermana Teresa no se dejó abatir. Durante los pocos días pasados en ese sitio, se mantuvo gallardamente revestida con su hábito carmelitano, impresionando a todos con su fortaleza de ánimo, serenidad y recogimiento. Todo el tiempo que la “Monja Alemana”, como era llamada, no pasaba en oración, lo empleaba en consolar a los afligidos, reconfortar a las mujeres y cuidar a los niños. Era una “Pietà sin Cristo”, como declaró un sobre viviente.

Muerta por odio a la fe católica

El 7 de Agosto, los verdugos del gobierno embarcaron a sor Teresa Benedicta y a su hermana Rosa -junto a un centenar de otros judíos- en un convoy hacia el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau (Polonia). El tétrico viaje duró casi tres días, sin agua ni comida. El día 9, inmediatamente después de llegar, fueron introducidas en una cámara de gas. Luego, sus cuerpos fueron cremados y las cenizas esparcidas en los campos.

(Tomado de Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2005, n. 44, pag. 34 a 37)

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