San Agustín, alma grande, tuvo un gran maestro, San Ambrosio, pero debe su conversión a su madre

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Ayer celebró la Iglesia a la madre Mónica, lo que preparaba la celebración del hijo, esa luminaria de la Iglesia llamada San Agustín.

Redacción (28/08/2021 10:18, Gaudium Press) Ayer celebró la Iglesia a la madre, lo que preparaba la celebración del hijo, esa luminaria de la Iglesia llamada San Agustín.

Nació el 13 de noviembre del 354, en la pequeña ciudad de Tagaste, cerca de Madaura y de Hipona, en Numidia, actualmente Argelia. Sus padres eran de condición elevada; el padre, miembro del cuerpo municipal, se llamaba Patricio y su madre Mónica.

Se introduce en las letras humanas

Tuvieron un gran cuidado en instruirlo en letras humanas y todos notaban en él un espíritu excelente y una disposición maravillosa para las ciencias.

Después de haber caído enfermo en la infancia y en peligro de muerte, pidió el bautismo, siendo prontamente un catecúmeno, por la señal de la cruz y por la sal. Su madre, piadosa y fervorosa cristiana, dispuso todo para la ceremonia. Pero de repente mejoró y el bautismo fue aplazado.

Ya casi alcanzando la edad adulta, Agustín llegó a Cartago y se hundió cada vez más en el amor a las mujeres, que fomentó con espectáculos de teatros. No dejaba de pedir a Dios la castidad, pero, agrega, que no sea ahora. Entretanto caminaba con gran éxito en los estudios, que tenían por objeto llevarlo a cargos y al poder judicial, pues la elocuencia era entonces su camino.

Entre las obras de Cicerón, que él estudiaba, leyó el Hortensius, que era una exhortación a la filosofía. Él quedó encantado y comenzó, a la edad de diecinueve años, a despreciar las vanas esperanzas del mundo y a desear la sabiduría y los bienes inmortales. Fue el primer movimiento de su conversión.

La única cosa que le disgustaba de los filósofos es que en ellos no encontraba el nombre de Jesucristo, que había recibido con la leche de su madre y había causado una profunda impresión en su corazón. Quiso entonces leer las Sagradas Escrituras, pero la simplicidad del estilo le desagradó, pues estaba habituado a la elegancia de Cicerón. Después cayó en manos de los maniqueos, que hablando solamente de Jesucristo, del Espíritu Santo y de la verdad, lo seducían con sus discursos pomposos y le dieron aversión por el Nuevo Testamento.

Dios le regala un sueño a la madre

Su madre Mónica, más afligida que si lo hubiese visto muerto al verlo maniqueo, no quería comer con él; vino a ser consolada en un sueño: Ella estaba en un bosque y un joven resplandeciente venía a ella, sonriendo le preguntó la causa de sus penas; ella le respondió diciendo que lloraba la pérdida de su hijo. Mirad, dijo él, ¡está con usted! De hecho, lo vio a su lado, en el mismo lugar. Más tarde le contó a Agustín el sueño, quien le dijo: Vos veréis lo que yo soy. Pero ella respondió sin dudar: ¡No! Porque me dijeron: Tu estarás donde él está, pero él estará donde tú estás. Desde aquel momento, vivió y comió con él, como antes. Su hijo, todavía fue maniqueo por nueve años, desde los diecinueve hasta los veinte ocho.

Habiendo terminado los estudios, enseñó en su ciudad Tagaste, gramática y después retórica. Un arúspice se ofreció para hacerlo ganar el premio en una disputa de poesía, por medio de algunos sacrificios de animales; pero él rechazó con horror no queriendo tener 2.jpgalguna relación con los demonios. Sin embargo, no tenía ninguna dificultad en consultar astrólogos y leer sus libros. Pero fue disuadido por un sabio anciano llamado Vindiciano, médico famoso, que había reconocido por experiencia la vanidad de ese estudio.

Finalmente encontró que bajo la máscara de piedad de los maniqueos, que se llamaban sanos y elegidos, se ocultaban las costumbres más depravadas.

Lo persuadieron para enseñar en Roma, donde los alumnos eran más razonables que en Cartago. Se embarcó en contra de la voluntad de su madre y la engañó bajo el pretexto de acompañar un amigo al puerto. Llegando a Roma, cayó enfermo de fiebre que lo llevó casi a la muerte, pero no pidió el bautismo. Vivía en casa de un maniqueo y continuaba frecuentándolos, preso por los lazos de amistad; ya no esperaba encontrar la verdad entre ellos y no se decidía a buscarla en la iglesia católica, pues tenía prevenciones contra tal doctrina. Comenzó entonces, a pensar que los filósofos académicos, que dudaban de todo, podrían ser los más sabios y reprendía al anfitrión de casa por su excesiva fe en las fábulas de los maniqueos. Entre tanto la ciudad de Milán pidió a Símaco, prefecto de Roma, un profesor de retórica y por el prestigio de los maniqueos, Agustín obtuvo el lugar, después de haber realizado la prueba de su capacidad con un discurso. Así vino a Milán, en el año 384, cuando tenía treinta años de edad.

Conoce a San Ambrosio, se convierte, y decide ir a África

San Ambrosio, Arzobispo de Milán, lo recibió con tanta bondad paternal, que comenzó a ganarle el corazón. Agustín escuchaba asiduamente los sermones, solamente por la belleza del estilo y para ver si su elocuencia correspondía a la fama que tenía. Estaba encantado con la suavidad del lenguaje, conocía la de Fausto, pero tenía menos gracia en la recitación. Al principio no prestaba atención a las cosas que decía San Ambrosio; pero cruelmente y sin cuidado, las cosas le entraban en su espíritu con las palabras y vio que la doctrina católica era al menos sustentable. Decidió entonces, de repente, dejar a los maniqueos y quedar en calidad de catecúmeno, en la Iglesia que sus padres le habían recomendado, a saber, en la Iglesia Católica, hasta que la verdad fuera vista más claramente.

San Agustín fue bautizado por San Ambrosio con su amigo Alipio y su hijo Adeodato, que tenía alrededor de quince años. Fueron bautizados en la Vigilia de la Pascua que en aquel año, 387, fue el día 25 de abril, como había sido determinado por el santo Obispo, siendo consultado por los obispos de la Provincia de Emilia.

San Agustín, después de su bautismo, tras haber examinado en qué lugar podría servir a Dios más útilmente, resolvió volver a África con su madre, el hijo, el hermano y un joven llamado Evodio. Este también era de Tagaste; siendo agente del emperador, se convirtió, recibió el bautismo antes de San Agustín y dejó su empleo para servir a Dios. Cuando llegaron a Ostia, descansaron del largo viaje que habían hecho desde Milán y se prepararon para embarcar. Allí se dio el famoso Coloquio de Ostia, en el que San Agustín y su Madre – que lo había seguido hasta Italia – entraron en éxtasis tratando de las cosas de Dios. Santa Mónica murió poco después.

Después de la muerte de su madre, San Agustín volvió de Ostia para Roma, donde se quedó el resto del año 387 y todo el año 388. Sus primeros trabajos, después del bautismo, fueron por la conversión de los maniqueos, cuyos errores acababa de abandonar. No podía tolerar la insolencia con la que aquellos impostores elogiaban las supuestas continencias y abstinencias supersticiosas, para engañar a los ignorantes y calumniar a la Iglesia. Escribió entonces dos libros: – De la Moral y las Costumbres de la Iglesia Católica, y De la Moral y las Costumbres de los maniqueos.

Su angustia se hizo aún mayor cuando vio sitiada la ciudad de Hipona, de la que ya era obispo. Sin embargo, tenía la consolación de ver consigo varios obispos, entre otros Possidio de Cálamo, uno de los más ilustres de sus discípulos, el mismo que dejó escrita su biografía. Se unían sus pesares, sus gemidos y sus lágrimas. San Agustín pedía a Dios, particularmente, que le permitiera liberar a Hipona de los enemigos que la cercaban, o que por lo menos, diese a los siervos fuerzas para soportar los males con los que estaban siendo amenazados, o en fin, ser retirados del mundo y que los llamara a Sí.. De hecho cayó enfermo de fiebre al tercer mes del cerco y vio de inmediato que Dios no había rechazado la oración de su siervo.

Finalmente llegó su último día; Possidio y los otros amigos vinieron a juntar sus oraciones a las suyas, que solamente interrumpió cuando adormeció en paz. Hasta entonces, había conservado el uso de todos los miembros y ni el oído ni la vista se habían debilitado. Como había abrazado la pobreza voluntaria, no hizo testamento; nada tenía para dejar, pero recomendó que conservaran con cuidado la biblioteca de la iglesia y todos los libros que estaban en la casa para aquellos que viniesen después. Possidio cuenta que habiendo sido incendiada la ciudad de Hipona algún tiempo después, esa biblioteca fue conservada en medio de los saqueos de los bárbaros. La muerte de San Agustín fue el 28 de agosto del 430. Vivió setenta y seis años y sirvió a la Iglesia cerca de cuarenta en calidad de padre y obispo.

(Tomado, con adaptaciones, de Vida de los Santos, Padre Rohbacher, Volúmen XV, p. 268 a 305)

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