El arte de destruir y construir – II: La curación de una civilización ‘drogadicta’

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Este mundo enfermo es un ente intoxicado por infinitas impresiones sensibles, que lo enloquecieron, que obnubilaron y atrofiaron la luz de la razón y la conciencia. Redacción (30/03/2022 08:04, Gaudium Press) Hablemos en esta entrega de lo que sería la ‘curación’ de la pobre víctima de la Revolución Tendencial, esa que precede la Revolución en… Ver artículo
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Este mundo enfermo es un ente intoxicado por infinitas impresiones sensibles, que lo enloquecieron, que obnubilaron y atrofiaron la luz de la razón y la conciencia.

Redacción (30/03/2022 08:04, Gaudium Press) Hablemos en esta entrega de lo que sería la ‘curación’ de la pobre víctima de la Revolución Tendencial, esa que precede la Revolución en la Ideas y la Revolución en los Hechos, campo que es todavía una selva virgen en la profundización intelectual humana, que no en las consideraciones del prof. Plinio Corrêa de Oliveira, que consideraba estas como algunas de sus principales doctrinas.

Ese es un tema que a todos debe interesar, pues al final, víctimas de esa Revolución en las Tendencias somos todos, desde la civilización ex-cristiana en estado terminal hasta cada uno de nosotros, inmersos como estamos en este mundo hiper-revolucionario.

Definíamos en nota anterior – siempre tras las huellas del Dr. Plinio – que la Revolución Tendencial “es el arte y técnica de abotagar la facultad sensible, por medio de impresiones sensibles en desorden (o demasiadas, o hiper intensas, o hiper veloces), impidiendo que el espíritu humano pueda trabajar sobre esas impresiones rumbo a la conclusión del proceso humano en ideas acerca de dichas impresiones sensibles. La facultad sensible se hipertrofia, se ‘hincha’, rompiendo el circuito que naturalmente la une con la inteligencia y la voluntad. Forzosamente una civilización – o una persona – ‘trabajada’ por ese proceso, terminará en el salvajismo, en lo contrario de la civilización, en el dominio de la parte animal del hombre sobre sus partes más específicamente espirituales”.

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¿Cómo pues, intentar curar a ese pobre ‘drogadicto’ que es la civilización actual, en la que la parte animal ha tomado cuenta casi por entero de la parte espiritual?

Primero, y porque lo primero es lo primero, hay que pedir a la Medianera Universal de todas las Gracias la gracia para ello. No fue por acaso que Cristo se encarnó, vivió y padeció en medio de nosotros, sino para adquirir la gracia que nos es necesaria: es preciso acceder a los canales de la gracia, ahora con más razón que antes la gracia debe circular a los borbotones, pues se trata de curar una civilización en estado grave.

Es importantísimo luego, reconocer con humildad si el diagnóstico está bien hecho, ese que nos determinó que este mundo ‘enfermo’ es un ente intoxicado de infinitas impresiones sensibles, que lo enloquecieron, que obnubilaron y atrofiaron la luz de la razón y la conciencia, que debilitaron hasta el raquitismo a la voluntad, y le hicieron caer en el desvarío, en el dominio tiránico de las pasiones, que finalmente llevaron a esta sociedades a comer de las algarrobas junto a los cerdos, como ocurrió con el Hijo Pródigo de la parábola de Jesús.

Vendaval de excesos de goces sensibles, que llevan hoy a legiones a la desesperación, a la infelicidad, incluso en muchos y en número creciente, al deseo de autodestrucción. Nada más útil pues que diagnosticar bien que fue lo que ocurrió.

Otra metáfora para explicar la enfermedad y el correcto proceso

Entonces, en la línea de hacer aún más claro el diagnóstico, vamos a emplear otra metáfora, ya el Dr. Plinio había hablado de la Sala de Teatro.

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Imaginemos que el espíritu humano es como un molino movido por las aguas de un riachuelo, por tanto, un molino de agua.

Los datos sensibles – los datos que recoge y aportan los sentidos, la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto – serían como el agua del río que llega al molino. Y la rueda del molino, con sus aspas, simbolizaría al pensamiento y la voluntad del hombre, la razón y el apetito racional. La rueda se mueve (el pensamiento surge) cuando las aguas del río corren.

Si el río se estanca, la rueda no se mueve, es decir, si no llegan datos sensibles no surgen ideas. Pero también, si el río se torna caudaloso, brioso en extremo, la rueda querrá acompañar ese movimiento en su agitación desbordada, girará frenéticamente, hasta que finalmente la rueda se quiebra, sus piñones se estropean, y la rueda para, dejando que el río siga raudo su curso desenfrenado: es esa la situación de la inteligencia y la voluntad de estas sociedades desgastadas y agobiadas, después de siglos de abuso de las impresiones de los sentidos, de cultivar no sabiamente los placeres intemperantes de esta tierra.

Vemos ya, con este ejemplo, cómo es un normal funcionamiento del espíritu humano: como el de un molino alimentado por aguas tranquilas, acompasadas, que hacen mover rítmicamente la rueda, para que la piedra muela bien el trigo.

Si el agua viene de arriba caudalosa, el molino podrá acompañar este movimiento raudo un tiempo, pero no de forma constante, por lo que se hace necesario, para que las aguas no estropeen la rueda, aminorar o detener el ímpetu de las aguas, o desviar una parte de ellas por un brazo, de manera tal que al molino llegue el hilo de agua apropiado y suficiente para su correcto funcionamiento. “No más agua”, o “no tanta agua”, debe gritar y exigir el molino.

Queda pues clara la primera proposición ‘terapéutica’ para este mundo hiper-nervioso e hiper-enfermo: Hay que poner freno al vendaval, a la vorágine, al huracán de impresiones sensibles que agobian nuestro espíritu, a la tromba de delectaciones que afectan los sentidos, so pena de seguir enloqueciéndonos.

Es como cuando el hombre agobiado de nuestros días escapa de las grandes urbes rumbo al campo o al mar: al habitante de las calles de nuestras ciudades en un momento determinado su espíritu le grita que no puede más, que no aguanta más, y busca salir de ese circuito agitado infernal, para volver a sentir añoranzas de él días después… – claro, pues es un enviciado, como el que ha probado la droga, busca dejar la droga, pero luego quiere volver a la droga. No, la solución no está en ese rodizio agitado, en ese carrusel de desvarío, en ese circulo vicioso de hiper-tensión, hiper-distensión, y luego nueva hiper-tensión, sino en vivir como vive el molino junto a sus acompasadas y límpidas aguas: él se mueve, no está quieto, gira de forma constante, él produce, mueve la piedra, muele el trigo, pero no es loco, y no se quiebra en la agitada locura de un río impetuoso.

“Qué vida aburrida esa, la del molino, falta la ‘acción’, falta el ‘picante’, se ha ido el flow”, exclamarán o exclamaremos algunos de los habitantes de este mundo hiper-revolucionado, contagiados en los placeres extremos, agitados, meramente sensibles, meramente animales. Esas expresiones muestran como el cambio debe ser normalmente procesivo – Roma no se construyó en un día -, como cuando al drogadicto se le va retirando la droga pero a los pocos, en un camino de esfuerzo y de sacrificio, siempre confiando y contando con la ayuda de Dios. Sin embargo bien es cierto que Dios premia el esfuerzo, y así el ‘drogadicto’ de este mundo loco a los pocos irá recuperando las alas de la libertad, se va percatando de forma experimental de la terrible esclavitud en la que vivía, y a medida que sus facultades entumecidas y atrofiadas vayan despertando, vayan funcionando de nuevo, el ‘ex-drogadicto’ de hoy irá gozando de cielos nuevos, tierras nuevas, maravillosas por descubrir, pues como decía Santa Teresita, detrás de las nubes de sus desvaríos, el cielo siempre fue azul, el cielo de Dios siempre es azul.

En ese cielo están los ángeles, que nos acompañarán en el proceso de ‘rehabilitación’.

Es en este ‘drogadicto rehabilitado’, donde más fructifican las gracias de Dios, incluso las gracias místicas, lo que constituirá el tema de una próxima entrega.

Por Saúl Castiblanco

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