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¿Cómo educar a 
la generación digital?

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¿Cómo educar a 
la generación digital?

Lo Inédito Multimedia

Una corriente de educadores propone aprovechar al máximo los recursos de la tecnología digital en la enseñanza para perfeccionar la formación de los jóvenes. Sin embargo, se enfrentan a un serio problema...

Cierta vez, un amigo me envió una caricatura en la que aparecía un jovencito con su abuelo, que se encontraba leyendo el periódico. Y el muchacho le preguntaba:

—¿Qué usabas cuando no existían estas calculadoras modernas?

—Pues... la cabeza —le respondió, mirándolo con benevolencia.

Esta graciosa respuesta de un hombre que vivió en la época del ábaco, de las máquinas de escribir Re­mington, de las pizarras negras trabajadas a pura tiza, de la pluma mojada en tinteros, ilustra muy bien un tema bastante discutido hoy día en el mundo de la educación.

Ampliando algo más las vistas, la caricatura nos introduce en el problema de las generaciones actuales, “sumergidas” desde tierna edad en los aparatos digitales de comunicación, hasta el punto de que casi se podría decir que forman parte indispensable de sus vidas. Son los llamados “nativos digitales”.

Surge una nueva “civilización digital”

En la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI señalaba que “el hombre moderno, hastiado de discursos, se muestra con frecuencia cansado de escuchar y, lo que es peor, inmunizado contra las palabras”. ¡Esto lo decía hace más de cuarenta años! Y proseguía diciendo que “numerosos psicólogos y sociólogos afirman que el hombre moderno ha rebasado la civilización de la palabra, ineficaz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la civilización de la imagen”.1

Y cada día el panorama es más complejo. No son pocos los educadores, nacidos y formados cuando aún la tecnología no había alcanzado su actual desarrollo, a los que se les califica despectivamente de “inmigrantes digitales” o “trasplantados digitales”. De modo que se encuentran en una situación nueva y difícil, llena de perplejidades; en una verdadera encrucijada educativa e incluso vivencial.

Fueron acostumbrados a enseñar basándose en la teoría, pero se enfrentan a jóvenes que han perdido el hábito de raciocinar y que se sienten asfixiados en un mundo que no responde a sus anhelos. Si los profesores de las nuevas generaciones sólo se limitaran a aplicar los métodos tradicionales de enseñanza, nunca lograrían resolver el intrincado problema en que viven. El mundo ha cambiado, el hombre ha cambiado... Hay que ir a la busca de nuevos métodos, adaptados a las realidades actuales.

A esto se suma que “las modernas tecnologías —como observaba Juan Pablo II— hacen crecer en modo impresionante la velocidad, la cantidad y el alcance de la comunicación, pero no favorecen del mismo modo el frágil intercambio entre mente y mente, entre corazón y corazón”.2

En consecuencia, nos hallamos en la era del dominio de las tablets, de los computadores y otros modernos aparatos digitales. En este terreno, el progreso tecnológico está tan acelerado que al poco tiempo de haber sido puesto a la venta un producto “súper-nuevo”, enseguida éste se verá sobrepasado por otro “más actualizado”.

Surge así una “civilización digital”, constituida por generaciones cada vez más influenciadas por la pura sensación, en choque con el pensamiento y con los valores morales de otrora. En esta nueva coyuntura, una educación meramente doctrinaria, teórica, estará condenada al fracaso. Se hace necesaria una urgente actualización de los métodos de formación, de enseñanza, destinados a esos —como decíamos— “nativos digitales”, es decir, los jóvenes nacidos en este mundo digital.

Predominancia de los sentidos y de las impresiones

Una corriente de educadores propone aprovechar al máximo los recursos de la “civilización digital” para perfeccionar la formación de los jóvenes. Pero se enfrentan con el problema de que los adolescentes y hasta los niños acaban siendo influenciados, por no decir hipnotizados, por esos modernos aparatos de comunicación y a menudo los utilizan en perjuicio de terceros, o para ver cosas indebidas que circulan en ellos. Se llega a la alarmante situación de una verdadera “adicción digital”, que parece imparable y que ejerce efectos psicológicos preocupantes. Se calcula que cerca de un 50 % de los adolescentes tienen alguna dependencia a su teléfono celular.

Así pues, ocurre que el uso indiscriminado de dichos aparatos va transformando a las personas en meros autómatas; e intoxicadas por el uso constante, terminan viciándose. Van perdiendo lentamente lo que podríamos denominar como identidad propia y se dejan dirigir por otro, a la manera de robots. Ya no hace falta memorizar o pensar; basta con escribir algunas palabras, presionar una tecla y se obtiene inmediatamente la respuesta a las preguntas. Los libros físicos, antes un bien preciado, se vuelven superfluos. El “uso de la cabeza”, como decía el abuelo de la caricatura mencionada, queda completamente obsoleto. De ahí deriva una seria dificultad para el estudio, la lectura, el razonamiento.

Sintetizando magistralmente dicha situación, Mons. João Scognamiglio Clá Dias escribía: “Esa tendencia a la predominancia de los sentidos y de las impresiones sobre el raciocinio iba siendo alimentada por la difusión universal de la televisión y de los aparatos electrónicos de todo tipo, que favorecen únicamente la sed de novedades, de nuevas impresiones, sin el concurso del pensamiento. La sucesión veloz de imágenes y de los hechos no permite siquiera el debido análisis de la razón. El hombre contemporáneo vive, así, de sensaciones”.3

Lo que mueve son los tipos humanos

Entonces, ¿qué métodos de enseñanza hay que usar con las generaciones de los “nativos digitales”?

Si dirigimos nuestra mirada hacia los Santos Evangelios encontraremos en ellos la divina pedagogía usada por Nuestro Señor Jesucristo. Al ser “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 6), podía presentarse como modelo perfecto a ser imitado, la personificación de las cosas que enseñaba tanto a sus discípulos como a la muchedumbre que lo seguía. Y era lo que hacía. Adoctrinaba siempre a través de parábolas, de ejemplos sacados de la vida cotidiana. Y sus enseñanzas eran hechas en forma de conversación, cosa que va desapareciendo en nuestros días, precisamente por la irrupción de los aparatos digitales.

Los educadores deben, por tanto, ilustrar sus exposiciones teóricas con proyecciones fotográficas o audiovisuales, representaciones teatrales, etc., a fin de mostrar ejemplos concretos, en un lenguaje comprensible para los jóvenes de hoy día. Deben entrar en diálogo con ellos, conocer sus preocupaciones y problemas, discernir sus apetencias de alma. En la “civilización digital” la formación consiste, ante todo, en la presentación de modelos a imitar.

Afirmaba Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.4

Lo que mueve son los tipos humanos, los testimonios de vida. He aquí la clave para la educación de una juventud atascada en los instrumentos digitales de comunicación. ″

por el P. Fernando Gioia, EP

Extraído de Revista Heraldos del Evangelio

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1 BEATO PABLO VI. Evangelii nuntiandi, n.º 42.

2 SAN JUAN PABLO II. Carta apostólica El rápido desarrollo, n.º 13.

3 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Por ocasião do Ano Sacerdotal, sugestões dos Arautos do Evangelho à Congregação para o Clero, 24/6/2009.

4 BEATO PABLO VI. Discurso a los miembros del Consejo de Laicos, 2/10/1974: AAS 66 (1974), p. 568.