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Articulos

Alivio para un terrible remordimiento

Gospel Editor

Historia para niños... ¿o adultos llenos de fe?

 Gretel, la niñera, era una persona de fe e intentaba ayudar a Josefina en su empeño

Gretel, la niñera, era una persona de fe e
intentaba ayudar a Josefina en su empeño

Un problema aguijoneaba día y noche la conciencia de Martín: ¿dónde estaría el alma de su pequeña Mariana?
¿Y si, por su culpa, no habría ido al Cielo?

Bien temprano, cuando empezaron a repicar las campanas de la parroquia, Josefina salió rápidamente a oír Misa a escondidas, para que no la viera su esposo, Martín, que no toleraba ninguna práctica religiosa. Se encontraba muy afligida,pues su hija, Mariana, que todavía no tenía un año, padecía una misteriosa enfermedad que era desconocida para los medicos  del pueblo. En ese entretanto había dejado a la pequeña con la niñera, Gretel, y le pedía a Jesús Sacramentado con mucho ahínco que pudiera bautizarla enseguida, porque a pesar de la insistencia de sus parientes y vecinos, el orgulloso y arrogante Martín no permitía que recibiera el
sacramento que la convertiría en hija de Dios.


Gretel era una persona de fe e intentaba ayudar a Josefina en su empeño, incluso ofreciéndose a llevar discretamente a la niña a la iglesia mientras su padreestaba en el campo. La piadosa
madre en un primer momento no aceptó, porque si él se enterase la despediría de inmediato. No obstante, la niñera se las ingenió para llevarla a la pila bautismal sin que lo supiera su patrón, pero con el consentimiento de Josefina. Unas semanas después, la situación de la niña empeoró e, incapaz de resistir, marchó hacia la eternidad. Su madre no tardó mucho en acompañarla, víctima de la misma rara enfermedad.

Con el paso de los años, Martín se hundía más y más en el materialismo. Lo único que le importaba era la viña que había heredado de la familia de su difunta esposa y la elaboración del vino. No escatimaba esfuerzos para que la producción fuera en aumento y, aparentemente, todo iba sobre ruedas. Hasta que cierto día uno de sus empleados se present diciéndole:
—Señor, vengo de parte de todos los trabajadores de su viñedo para comunicarle una mala noticia: hace más de una semana que una plaga de insectos está devorando las vides. Hemos procurado exterminarla por todos los medios, pero ha sido en vano; cada vez que lo intentamos siguen proliferando. No sabemos qué hacer. Si la situación continúa así, la próxima cosecha se perderá.


Indignado, Martín le ordenó que regresara al campo y que tratara de hallar una solución al problema, junto con los demás, de lo contrario los despediría a todos.
Aunque el empleado le contestó: —Señor, siento decírselo..., pero todos creemos que se debe a un castigo que Dios le manda a usted ante su obstinación de permanecer lejos de Él. Por eso queremos proponerle una cosa: de nuestra parte haremos una promesa a la Santísima Virgen para que nos socorra y extirpe la plaga; la condición es que si somos atendidos usted vuelva a la religión católica. ¿Acepta?
El patrón tomó las palabras de su empleado como fruto de la ignorancia, con todo, decidió acceder a ello. Al estar de acuerdo con la propuesta que le hicieron, los mantendría entretenidos y trabajando esforzadamente en la viña, y entre tanto elucubraría una solución científica para acabar con el problema. A su entender, esos campesinos recurrían a las supersticiones para explicar lo que no comprendían, sin embargo, en la capital no faltarían agrónomos capaces de resolver cualquier cuestión, por muy grave que fuera.


Dos días después, cuando Martín se preparaba para viajar con el fin de encontrarse con uno de esos especialistas, recibió la visita de todos sus empleados. Exultantes, le decían que tenía que acompañarlos a la iglesia para cantar el Te Deum. La plaga había desaparecido y las uvas se multiplicaron prodigiosamente. Se hacía necesario encargar más cestas y contratar  más brazos para la vendimia.


El incrédulo viñador quiso comprobar por sí mismo la veracidad de lo que le contaban. Fue corriendo hasta su campo y, tras recorrerlo entero, cayó de rodillas en tierra, sobrecogido.
Nunca había visto nada igual: lo que estaba contemplando materializaba los sueños del más exigente viticultor.
Se oyeron algunos sollozos y, poco después, fuertes golpes en el pecho . En unos instantes, Martín se puso a llorar. En voz alta pedía perdón a la Santísima Virgen por haber estado durante tantos años cerrado a la voz de la gracia y, levantándose, salió en busca del párroco para reconciliarse con Dios.
Hizo una buena confesión general y se convirtió en un católico fervoroso. No obstante, un problema le aguijoneaba día y noche la conciencia: ¿dónde estaría el alma de su pequeña Mariana, ya que no permitió que la bautizaran? Pensaba afligido: “Y si no está en el Cielo por mi culpa”.

 “Padre, ¿cómo voy a rezar por alguien que ha muerto hace más de cinco años?”

“Padre, ¿cómo voy a rezar por alguien que ha muerto
hace más de cinco años?”

Sin poder aguantar más tal remordimiento, fue a buscar a un monje capuchino con fama de gran virtud, el padre Cristiano, y le expuso su caso. El piadoso sacerdote le sugirió que rezase con empeño por el alma de su hija y asistiese a muchas Misas en su intención.
—Padre, ¿cómo voy a rezar por alguien que ha muerto hace más de cinco años? ¿Qué es lo que Dios puede hacer, todo eso ya es pasado? —le preguntó Martín.
—Hijo mío, para Dios no existe pasado ni futuro. En la eternidad todo es presente. Rece por ella porque todavía está a tiempo.
Satisfecho con el consejo del sacerdote, regresó a su casa. Y a partir de entonces bombardeó el Cielo durante años con incesantes oraciones. Iba a varias Misas por semana y a todos los clérigos o religiosos que se encontraba por el camino les pedía oraciones por el alma de la niña.


Un día, Gretel fue a visitarlo. Martín se puso muy contento de verla, porque le traía muchos recuerdos de Josefina y Mariana, y le contó su conversión.
Con enorme alegría la antigua niñera le dijo:
—Pues sepa usted que he estado rezando diariamente todos estos años por su conversión y veo que Dios ha escuchado mis súplicas.
Después de estar charlando sobre diversos temas, él le confió la tremenda angustia que conservaba en su corazón.
—No se preocupe don Martín, Mariana está en el Cielo gozando de la visión beatífica y velando por nosotros. ¿Quién sabe si no ha sido ella la que ha obtenido la conversión de su padre?
—¿Cómo puede usted estar tan segura? No fue bautizada...
Gretel le explicó que, con el consentimiento de Josefina, había llevado a la pequeña a la parroquia para que recibiera el sacramento unos días antes de su muerte. Y agregó:
—¿Quién sabe si eso no ocurrió a causa de las oraciones que usted ha hecho?


Martín no cabía en sí de alegría. El padre Cristiano no le había engañado al hablarle del valor retroactivo de la oración. Desde ese momento su alma quedó en paz y nunca más se apartó
de Dios y de los sacramentos. ²