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El Misterio de la Encarnación: Intima unión  entre el Cielo  y la tierra

Articulos

El Misterio de la Encarnación: Intima unión entre el Cielo y la tierra

Gospel Editor

 

Quería Dios dar a su obra el más alto grado de gloria y de belleza que ella fuese capaz de recibir, y en el misterio de la Encarnación nos da la prueba de ese querer.

P. Jacques-Marie-Louis Monsabré, OP

 La Anunciación, por el taller de Gonçal Peris - Museo de la catedral de Segorbe (España)

La Anunciación, por el taller de Gonçal Peris - Museo de la catedral de Segorbe (España)

 

Un arquitecto no elabora para una vivienda común los mismos planos que para un palacio, ni para un palacio el mismo proyecto que para un templo. El plan de una obra depende del fin que se propone el que la erige: veamos cuál era el designio de Dios cuando se decidió a crear el mundo.

¿Quería Él satisfacer la inclinación natural que le lleva a hacer el bien y a manifestar su gloria por la belleza de su obra? Esto no presenta duda; pero para ello ya bastaba la obra divina según la describí en conferencias anteriores. Dios aún quería más.

¿Qué quería pues? Anhelaba llevar al extremo la tendencia de comunicarse, derivada de su suprema bondad; manifestar externamente sus infinitas perfecciones en todo su esplendor; dar a su obra el más alto grado de gloria y de belleza que ella fuese capaz de recibir.

Así lo quería Él. La doctrina católica nos lo enseña y nos da la prueba de ese querer en el misterio que propone a nuestra fe: la Encarnación, íntima unión de la naturaleza divina y de la humana en la Persona de Jesucristo, Verbo de Dios, Hijo eterno del Padre y hombre como nosotros.

Dios no puede darse más

Jamás conoceríamos nosotros el plan de Dios por más que penetráramos en el abismo de su pensamiento y escudriñáramos sus designios, si estos designios y este pensamiento no nos hubieran sido revelados por el Apóstol SanJuan en aquella sublime página de su Evangelio que dice: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de Él se hizo todo, y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. (...) Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 1-3.14)

¡El Verbo se hizo carne!

Este misterio, realizado en el tiempo, es visto y decretado desde la eternidad. Es el fundamento preordenado, la clave de bóveda, la pieza principal y maestra de la obra divina. Todo viene de Él, todo va a Él, todo descansa en Él, y nada más era necesario que Él para cumplir las intenciones de nuestro gran Dios.

 Sagrado Corazón de Jesús  Casa Monte Carmelo, Caieiras (Brasil)

Sagrado Corazón de Jesús

Casa Monte Carmelo, Caieiras (Brasil)

En efecto, si el Verbo se hace carne, la acción comunicativa de Dios, en lugar de detenerse por debajo de su tendencia, colma sus deseos y llega hasta el límite de su natural movimiento. Dios no puede darse más. Derrama sus dones sobre la naturaleza, y en cada uno de estos dones podemos reconocer un vestigio de su ser infinito; comunica a nuestra alma la luz de la inteligencia, y en esta luz podemos adorar el sello de su rostro adorable; entra aún más profunda e íntimamente en nosotros con su gracia, pero la gracia que nos hace vivir de su vida no es sino una forma sobrenatural y creada; quiere darse a sí mismo en la gloria del Cielo, pero esto no puede ser sino objeto inteligible de nuestra eterna contemplación.

¡Un Dios es hombre, un hombre es Dios!

Nada de esto satisface la tendencia infinita que siente de darse; pues falta aún un último don que darnos, el donde sí mismo según su ser propio, natural y personal, de suerte que se puede decir: un Dios es hombre, un hombre es Dios. Este don Dios lo quiere, su grande y generosa naturaleza se dejará llevar de este deseo y seguirá todos los progresos de la efusión.

En la materia inerte soplará el espíritu de vida y la hará criatura racional: esto está bien. A la criatura racional comunicará su gracia y la hará santa: esto está muy bien. A la criatura santificada le hará ver su esencia y la volverá gloriosa: esto está perfectamente bien. En fin, a la criatura racional, santa, bienaventurada, unirá hipostáticamente su Verbo y la hará Dios: esto es lo sumo, las comunicaciones divinas quedan agotadas.

En segundo lugar, si el Verbo se hace carne, las perfecciones eternas, necesariamente impresas en toda obra divina, se manifiestan con un esplendor infinito. Lo hemos leído en los inexplicables números de la creación, en la ley de progreso que regula la perfección ascendente de los seres, en la ley de penetración en virtud de la cual estos seres se dan uno al otro, estas tres reveladoras palabras: poder, sabiduría y amor; ¡cuánto más en esta creación misteriosa que resulta de la unión íntima y personal de lo infinito con lo finito!

Acto prodigioso que transporta lo creado en lo increado

Aunque, en todos los instantes de los que se compone el círculo interminable de la duración, multiplicase los números y acrecentase la perfección de los seres, Dios no produciría sino imágenes reducidas y lejanas de sus ser y de su perfección. Por más excelente que sea en su esencia, sublime en su acción, brillante en sus manifestaciones, la criatura siempre queda a una distancia infinita de lo increado. No hay número que pueda medir este abismo, ni fórmula que pueda expresar esa insondable profundidad.

Pero, ¡oh maravilla de poder!, el Verbo se hace carne, y el abismo desaparece, y los números son vencidos y lo finito, de repente, llamado por la fuerza de lo alto, franquea el espacio que lo separa de lo infinito, deja absorber ese “yo” que resiste a la acción mortífera del tiempo, a las transformaciones tan frecuentemente victoriosas de la materia, a las influencias dominadoras de otros “yo”, y va a buscar su subsistencia en o infinito que le comunica su grandeza, su perfección, su propia vida. Crear millones de universos no es más que un juego, en comparación del acto prodigioso que así transporta lo creado en lo increado.

Diversidad en la unidad, signo característico de la sabiduría

Este acto de poder es mandado y dirigido por la Sabiduría eterna, cuyas miras sobrepasan, en este misterio, todos los designios que hemos admirado en el sublime orden del universo, todos los que podríamos suponer, todos los que el mismo Dios podría concebir en la disposición de las creaciones posibles, que permanecerán eternamente ocultos en las profundidades de su esencia.

Al estudiar la armonía del mundo, habéis reconocido el signo característico de la sabiduría: la atracción de la diversidad por la unidad. Los números agrupados por fuerzas centralizadoras; la progresión de los seres hábilmente formados por similitudes que conectan uno al otro los peldaños de la escala por donde suben a la perfección; la inmensa variedad de existencias sometidas a leyes simples que regulan su composición y armonizan su movimiento; la violencia de los contrastes corregida por imitaciones; las naturalezas inferiores penetradas por las superiores hasta el punto de ser resumidas en un ser viviente, el hombre, cuya naturaleza mixta es el punto de reunión de los números de la tierra, el centro armónico, el mundo abreviado donde vienen a tocarse los dos polos de la Creación: la materia y el espíritu; todo esto está admirablemente expresado por esta hermosa palabra que dais a la obra de Dios: universo, nombre con el cual alabáis la Sabiduría eterna, proclamando la unidad que es el fruto de su acción dirigiendo la acción de la omnipotencia.

Sin menoscabarse, lo infinito se inclina hacia lo finito

Sin embargo, por muy maravillosa que sea, la unidad de los seres creados no les da más que una perfección limitada. Queda en presencia lo finito y lo infinito, dualidad persistente que los aumentos eternos de lo finito jamás resolverán en unidad. Pero he aquí que lo infinito, obedeciendo a los designios de la Sabiduría, se inclina sin menoscabarse hacia lo finito, y estas dos disparidades que la naturaleza separa eternamente una de la otra, no son más que un solo ser, un solo viviente, una sola Persona.

El Verbo se hace carne, y la unidad de cuanto hay en el Cielo y los espacios se consuma. Todos los números son absorbidos en la simplicidad, todos los progresos son coronados por la suprema perfección, todas las penetraciones son concluidas por la penetración divina; el Creador y la criatura, lo finito y lo infinito, sin perder ni mezclar su naturaleza, no tienen más que una sola y misma subsistencia en la Persona del Verbo Encarnado.

 La adoración de los pastores - Monasterio de Nuestra  Señora del Monte Carmelo y San José, Brooklyn (EE. UU.)

La adoración de los pastores - Monasterio de Nuestra

Señora del Monte Carmelo y San José, Brooklyn (EE. UU.)

Como dice el Apóstol, el Verbo, imagen del Dios invisible, es, pues, según los designios eternos, el primogénito de toda criatura, porque en su Encarnación ve la divina Sabiduría la unidad de todo. A este título, le pertenece ser el fundamento mismo del universo. En el Cielo y en la tierra, las cosas visibles y las invisibles, los Principados y las Potestades, todo está establecido en Él. Todo fue creado por Él y para Él, todo se apoya, todo reposa en Él, todo se mantiene en Él, porque a Dios le agradó que en Él residiera toda la plenitud (cf. Col 1, 15-19).

El amor sólo se satisface con la efusión del más grande de los bienes

¡Toda la plenitud! Cómo esto es verdadero, si consideramos con qué arte se lleva a cabo la unidad, por lo que no hay nada más a desear. No es del ángel de quien el Verbo va tomar prestada la naturaleza creada a la cual se va a unir. El ángel representa, sin duda, la parte más noble del universo, pero no todo el universo. Todo el universo es la naturaleza humana, hija, por su alma, del mundo de los espíritus; reducción típica del mundo de la materia, por su cuerpo, donde se encuentran todos los elementos, todas las composiciones, todos los movimientos, todas las evoluciones, todas las vidas. El Verbo, por tanto, se hace carne para realizar mejor este consejo de la Sabiduría divina: hacer de todas las cosas una sola (cf. Ef 2, 14).

Para ello se humilla, y por la humillación se nos da; suprema manifestación del amor. ¿Darse no es el último recurso del que ama, después que ha agotado todos los bienes? El amor se anticipa a las necesidades y los deseos; el amor abre sus tesoros y los derrama a manos llenas; el amor prodiga palabras tiernas, consejos, aliento, consuelo, dedicados servicios; el amor, desesperando hacerse comprender, le dice al amado: “¡Ah, por ti daría mi vida!”.

Qué quiere decir esto sino que el amor sólo se satisface con la efusión del más grande de los bienes. Pero la criatura, al darse a sí misma, no puede dar más que un bien de poco valor, si se compara con la inmensidad de nuestros deseos y con las larguezas de la divinidad.

De su seno, abierto por el amor, Dios ha dejado llover todas las riquezas de la Creación. Vivimos de sus dones, y nosotros mismos somos el primer don de su bondad. A los tesoros de la naturaleza ha añadido los tesoros de la gracia. Pero aún no ha dado el supremo bien en persona.¡Helo aquí! El Verbo se hace carne. El mundo hambriento abre sus brazos, lo estrecha y exclama: “¡Mío es el bien soberano! ¡Emmanuel! Dios está conmigo”.

 Paisaje de otoño en la provincia de Ontario (Canadá)

Paisaje de otoño en la provincia de Ontario (Canadá)


 

Fragmento de “Le plan de l’Incarnation”. In: “Exposition du Dogme Catholique. Préparation de l’Incarnation. Carême 1877”. 11.ª ed. Paris: Lethielleux, 1905, t. V, pp. 6-15

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