Corazones inocentes… ¡como el mío!

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Felipe quería cumplir el deseo de su Amigo. Pero estaba nevando y su madre no le dejaba salir de casa… ¿Qué hacer?

Se estaban enfrentando a una tremenda tempestad, con olas enormes y muy violentas. El mástil principal se balanceaba de un lado para otro y Juanito, junto con Felipe, ya no conseguía sujetar las cuerdas de las velas.

Al parecer el barco ya iba a hundirse y cuando todo definitivamente estaba perdido se escuchó una amable voz… que procedía del interior de la casa:

—¡Mateo, la comida está lista…! ¡Avisa a tus amiguitos!

—Vamos, que mi madre nos llama… Y además creo que necesitamos recuperara las fuerzas —decía Mateo apenado.

—¡Justo ahora que el juego se estaba poniendo interesante! —añadió Juan levantándose.

—Pero Juan, hombre, ¿no crees que debemos comer algo después de tan duro combate? Hace dos horas que tomamos un refrigerio y…

—Claro, Felipe, tú siempre estás con hambre.

—Que os parece —interrumpe Mateo— si después de la comida hacemos algo diferente, por ejemplo, ¿ir al jardín de la catedral de María Auxiliadora? Allí hay muchos arbustos y abetos para esconderse, por no mencionar su lindísimo césped…

Juan se entusiasmó con la idea:

—¡Fenomenal, Mateo! Pídele permiso a tu madre y nosotros hablaremos con las nuestras.

Después de la comida los tres niños salieron corriendo hacia el jardín de la catedral, pertrechados con cuerdas, pelotas y una bolsa de dulces que le había dado la madre de Felipe.

Al llegar al lugar, decidieron jugar al escondite. Mientras Felipe contaba hasta diez los otros dos huyeron lejos. Mateo entró en medio de los abetos y Juanito se metió entre los arbustos. Éste se había apartado bastante y de pronto vio entre los árboles un bulto blanco: parecía una imagen de la Virgen. Se acercó y reconoció la figura de María Auxiliadora, que en su regazo llevaba al Niño Jesús, el cual tenía los brazos abiertos.

El pequeño Juan enseguida se dio cuenta de que la imagen estaba muy sucia y abandonada, quizá por encontrarse en un sitio tan distante de la catedral; entonces recogió algunas ramas del suelo y trató de usarlas para limpiarla, quitándole las telas de araña, polillas y otros insectos.

—¡Ajá! ¡Te encontré, Juan!

Felipe ya se disponía a regresar a la base, pero cuando vio que su amigo ni le hacía caso le preguntó qué estaba haciendo.

—Mira, Felipe. Fíjate lo sucia y olvidada que está. Estoy intentando limpiarla.

—¡¿Y qué está haciendo aquí esa imagen en medio de…?!

—¡Juan! ¡Felipe! ¿Dónde estáis? ¿Ya ha terminado el juego? —gritaba un poco angustiado el tercero de los amigos.

Se acercó y reconoció la figura de María Auxiliadora

—¡Ven aquí, Mateo! Hemos encontrado una bonita imagen de la Virgen, pero está muy sucia.

—¡Uf, qué alivio…! Pensaba que os habíais olvidado de mí y os habíais marchado —iba diciendo hasta llegar a donde estaban los otros dos—. ¡Vaya! De hecho, es muy bonita; y el Niño Jesús…

—Parece que está muy triste —completó Juanito—. ¿Será porque nadie juega con Él? Ya sé: vamos a invitarlo a participar en nuestros juegos.

—Pero si no puede despegarse del regazo de la Virgen…

—Bueno, sólo hay que pedirle permiso a Ella, Felipe. Vamos a rezar una avemaría y a ver qué pasa: «Dios te salve, María…».

En ese momento, ¡la imagen del divino Infante cobró vida! Dio un salto, se quedó mirando a los tres niños, que estaban asombrados, y les dijo estas palabras:

—Muchas gracias por haberme invitado a jugar con vosotros. Hacía tiempo que nadie venía a visitarnos.

—Pe… pero ¿estamos soñando? ¡El Niño Jesús nos está hablando y quiere jugar con nosotros! Nunca pensé que la Virgen se tomaría en serio nuestra petición.

—Sí, Felipe —le respondió sonriendo el divino Niño—, todo lo que le pidáis a mi Madre, Ella os lo concederá. Basta tener fe.

—Sabe mi nombre… —le susurró Felipe a Mateo al oído.

—¿Nos puedes contar por qué tenías esa cara tan triste? —le preguntó Juanito.

—Días y días solo, sin que nadie jugara o hablara conmigo, olvidado y puesto de lado por los que cuidan del santuario, lleno de bichos y telas de araña: ¡he ahí mi tristeza!, y abrazar a todos los que vienen a rezar a los pies de mi Madre, mi deseo.

—¿Por eso tus brazos están abiertos de esa manera?

—Así es.

—Entonces, ¿te podemos dar un abrazo? —le preguntó entusiasmado el pequeño Mateo.

—¿Y quieres jugar después a la pelota con nosotros? —añadió Felipe, contentísimo.

Una vez a la semana, los niños limpiaban la imagen milagrosa

—Claro que sí, amigos míos: me alegra muchísimo cuando me encuentro con corazones inocentes, ¡como el mío! Me gustaría que vinierais todos los días para rezarle una avemaría a mi Madre; yo mismo os estaré esperando para daros un abrazo. Deseo mostrarles a los hombres los torrentes de bondad que desbordan de este pequeñito y humilde corazón mío.

Los niños nunca jamás se olvidaron de aquel día extraordinario en el que habían jugado y convivido ¡con Dios! Por otra parte, no podían dejar de cumplir la petición de su divino amigo. Así pues, de manera infalible, fueron diariamente a aquel jardín y, una vez a la semana, limpiaban la imagen milagrosa.

Sin embargo, el invierno había llegado y todo se cubrió de nieve. La madre de Felipe, con recelo de que se resfriara, no le permitía que fuera a la catedral para «jugar». Entristecido, el niño no sabía qué hacer…

Antes de irse a dormir, se arrodilló delante de una imagen de la Virgen y le rezó una avemaría. Se acostó y, mientras esperaba que le viniera el sueño, intentaba explicarle a su Amigo lo que había pasado y por qué no había ido a visitarlo.

De pronto, la puerta se abrió discretamente y dejó entrar a un Niño muy pequeñito. Se subió en la cama y le dijo:

—No pudiste ir a visitarme, ¡entonces he venido yo a visitarte!

E, inclinando su cabecita sobre el corazón de Felipe, continuó:

—El corazón de un niño obediente es mi descanso y la compañía de los que me aman es mi alegría.

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