¡Muerte al Nazareno!

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Al escribir «muerte al Nazareno», las turbas organizadas que destruyeron imágenes y templos católicos dejaron que rebosara su odio total a la Santa Iglesia. ¿Cómo actuar ante los satánicos gritos que claman nuevamente por la crucifixión de Cristo?

Es emotivo leer en los Santos Evangelios cómo Poncio Pilato, cuando presenta a Jesús ante el pueblo, afirma solemnemente: «He aquí a vuestro rey» (Jn 19, 14). No obstante, la respuesta del populacho —incitado por la actitud de los sumos sacerdotes e impulsado por una manifiesta acción demoníaca— fue un grito unánime: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!» (Jn 19, 15).

Había llegado el momento esperado por los fariseos, que no aceptaban los milagros del divino Maestro, ni su poder para expulsar demonios, ni sus santas enseñanzas; por eso tramaron la muerte de quien era «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6), el Redentor esperado, el Salvador del mundo.

«Decidieron darle muerte»

La actitud de aquella gente era incomprensible desde el punto de vista humano.

Pilato se lava las manos – Museo Diocesano, Palma de Mallorca (España)

Jesús había afirmado, con una bondad jamás vista hasta entonces: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-29). Enseñaba con autoridad (cf. Mc 1, 27) y hacía prodigios tan estupendos que «nunca se ha visto en Israel cosa igual» (Mt 9, 33).

Con ocasión de su entrada en Jerusalén un gran gentío aclamaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21, 9). Sin embargo, pocos días después, en el pretorio de Pilato, esa misma muchedumbre vociferaba: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (Lc 23, 21). ¿Cómo era posible que se diera tal cambio en tan poco tiempo?

En realidad, hacía mucho que los fariseos tramaban contra Jesús. Tras curar a un hombre que tenía una mano paralizada, planearon el modo de acabar con Él (cf. Mt 12, 10.14). Después de su visita a la sinagoga de Nazaret intentaron despeñarlo desde lo alto del monte (cf. Lc 4, 29). Pero el auge del rechazo ocurrió ante el milagro de la resurrección de Lázaro: «aquel día decidieron darle muerte» (Jn 11, 53).

El odio de los pontífices y sacerdotes era tal que también quisieron matar a Lázaro, porque era una prueba contundente de ese insólito suceso.

Ejemplo y aviso para el presente

La Historia es «testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir»,1 dice el célebre Miguel de Cervantes. Según esta expresión, lo que le sucedió a Jesús de Nazaret nos sirve como «testigo de lo pasado» y puede sernos útil también como «aviso de lo presente» y «advertencia de lo por venir».

El pasado mes de noviembre tuvimos la oportunidad de comentar con nuestros lectores cómo la creciente ola de actos anticristianos ocurridos en los meses anteriores conformaba una verdadera «pandemia revolucionaria anticristiana».2 En las semanas siguientes, relevantes noticias de profanaciones aún más graves empezaron a inundar los periódicos y redes sociales. Entre ellas destacaba el incendio, por parte de hordas organizadas, de dos históricas iglesias de la ciudad de Santiago de Chile.

Decir «hordas organizadas» pareciera ser contradictorio, pero no es así, porque en los vídeos difundidos se percibe cómo aquellos individuos actuaban de una manera perfectamente coordinada. Entraron y destrozaron sacrílegamente —nótese esta palabra, que califica la gravedad del acto— altares, imágenes, bancos y todo lo que encontraban a su paso.

Declaración de odio total a la Iglesia

Dos aspectos de ese siniestro episodio de furor seudopopular, caracterizado por la destrucción organizada, demuestran su carácter diabólico.

Incendio y grafiti en la iglesia de San Francisco de Borja

El primero es el grafiti encontrado en un altar: «Muerte al Nazareno». El segundo, el triste momento en el que un elemento de esa horda humana —¿sólo humana?—, subiendo ciertamente por el coro, sale por el rosetón de la iglesia de la Asunción y le da un puntapié a una estatua de la Santísima Virgen María, derrumbándola. Abajo: gritos diabólicos.

Sí, diabólicos. Repito la palabra para aquellos que todavía no se compenetran de que detrás de todo ese odio anticristiano está el propio demonio, moviendo a cuantos se abren a su nefasta influencia. Si aún lo dudan, presten atención en los vídeos y verán que dentro de la propia manifestación (en la cual, tenemos que aclarar, habría quizá miles de personas que no estarían de acuerdo con todo lo sucedido) aparecían hombres y mujeres vestidos de diablos…, sin que fueran rechazados por los presentes, al menos por los que estaban a la vista.

Incendio en la parroquia de la Asunción

Las iglesias incendiadas, las imágenes destruidas son un «aviso de lo presente», en el decir de Cervantes. Pero la frase «muerte al Nazareno» es , sobre todo, una «advertencia de lo por venir», una declaración de odio total a la Santa Iglesia Católica y a sus seculares enseñanzas.

Indignación, condena, reparación

Ante tan tristes acontecimientos no podemos dejar de manifestar nuestra más profunda indignación y condena. Faltaría más que no fuera así…

En primer lugar, porque si a la vista de tales profanaciones no adoptamos una actitud de santa indignación, acabaríamos siendo como Poncio Pilato cuando optó por la expresiva acción de «lavarse las manos» ante las hordas organizadas e incitadas por los fariseos mientras gritaban: «¡Crucifícalo!».

La indignación debe ir acompañada de una censura crítica, una reprobación firme, un anatema radical. Pero esta actitud de condena tampoco es suficiente. Debemos añadir un acto de reparación por los pecados descritos más arriba y por los sacrílegos atentados que continúan siendo cometidos.

Hagamos esta semana alguna oración, algún sacrificio, alguna comunión bien hecha al objeto de consolar al Redentor durante los sufrimientos de su Pasión, que de algún modo se renuevan en nuestros días. Y no dejemos de invitar a los demás católicos a hacer lo mismo.

Indignación, condena, reparación… Sin esto acabaríamos siendo cómplices, ante Dios y ante los hombres, de pecados tan funestos.

Que la Santísima Virgen interceda por nosotros ante Dios, a fin de que obtengamos la fortaleza necesaria para enfrentar el tormentoso momento que nos ha tocado vivir: una época de confusión, persecución y odio religioso, pero, al mismo tiempo, de grandes esperanzas. Por eso debemos pedir también una inquebrantable confianza en la victoria prometida en Fátima, por muy grandes que sean las adversidades: «¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!». 

Notas

1 CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. c. IX.
2 Una nueva pandemia: la intolerancia de los «tolerantes». In: Revista Heraldos del Evangelio. Madrid. Año XVIII. N.º 208 (nov, 2020); p. 14.
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