¿Cómo será el Reino de María?

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Cualquier cosa que imaginemos sobre el triunfo del Inmaculado Corazón de María no pasa de mero boceto en comparación con las maravillas que Dios obrará a fin de glorificar a su Hija predilecta, su Madre virginal, su Esposa inmaculada.

Sería engañoso pensar que los elegidos, cuando marchan al Cielo, dan por concluida su misión en la tierra. Por el contrario, la verdadera acción de los que se salvan comienza una vez que han cruzado el umbral de la eternidad. Es lo que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira denominaba post historia de un alma, aún más sustancial y eficaz que su existencia terrena, aunque ésta pueda haber sido retumbante y llena de brillo.

A la vista de esto, cabría preguntarnos: ¿Cómo se verifica la materna intervención de la Virgen en los acontecimientos tras su Asunción a la morada celestial?

Para el autor, la post historia de la Santísima Virgen se divide en tres grandes etapas: el crepúsculo matutino, la aurora y el esplendor meridiano. La era del crepúsculo matutino transcurrió desde los albores de la Iglesia primitiva hasta el cénit de la Edad Media. La aurora comenzó con el estallido de la Revolución,1 nefasto proceso de deterioro de la civilización cristiana que desemboca en los días actuales, marcados por el caos, por el ateísmo y por la extravagancia. Y el esplendor meridiano comenzará con el triunfo del Corazón Inmaculado de María, antecedido, como todo indica, por un castigo de proporciones apocalípticas.

Vale la pena tratar aquí acerca de la última de esas fases, es decir, la del reinado de Jesucristo por medio de su Madre.

Glorioso porvenir, superior a cualquier figuración

Al autor le resulta imposible transmitir lo que le viene al alma con respecto al porvenir glorioso reservado a la Santa Iglesia durante el Reino de la Virgen celestial. Le faltan palabras para describirla renovada y radiante de gracia por la acción del divino Espíritu Santo, el cual actuará a favor de ella en María, con María y por María.

Un fragmento de la profecía de Baruc nos ofrece una pálida idea sobre las intuiciones que llenan de entusiasmo su corazón: «Jerusalén, despójate del vestido de luto y aflicción que llevas, y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te concede. Envuélvete ahora en el manto de la justicia de Dios, y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos habitan bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”» (5, 1-4).

No obstante, el plan del Altísimo sorprenderá incluso a los espíritus más perspicaces, pues Él «puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos» (Ef 2, 20). Cualquier cosa que imaginemos sobre el triunfo del Corazón de María y del consiguiente enaltecimiento de la Iglesia no pasa de mero boceto en comparación con las maravillas que el Señor de los ejércitos obrará a fin de glorificar a su Hija predilecta, su Madre virginal, su Esposa inmaculada.

Anhelos que anticipan la intervención divina

Esa sublime realidad no excluye, empero, otra aún más bella, apuntada por el Dr. Plinio: «A medida que los justos van engendrando la idea de cómo será el Reino de María, éste se acerca a nosotros»2. Es propio al profetismo no sólo prever y anunciar, sino de alguna manera también anticipar y degustar ya los hechos percibidos a distancia.

Elías avista la nubecilla – Catedral de Autun (Francia)

Al recibir la noticia de que una nubecilla, como la palma de una mano, se levantaba en el horizonte, Elías divisó la lluvia torrencial que caería sobre Israel y haría reverdecer el suelo que había quedado estéril a causa de la implacable sequía con la que Dios había castigado durante tres años los pecados del pueblo. Inmediatamente ordenó que le dijeran al rey Ajab que se apresurara en regresar a su palacio, para que la lluvia no lo detuviera por el camino (cf. 1 Re 18, 41-46).

Ahora bien, más allá del fenómeno físico, el profeta ígneo discernió en la nubecilla una prefigura de la Virgen que traería a la tierra otro diluvio, no de agua sino de gracia: la propia Fuente divina de la gracia, que redimiría al género humano vuelto estéril por la desobediencia de nuestros primeros padres. Y narra la bienaventurada Ana Catalina Emmerick3 que, habiendo escogido a tres de sus discípulos, Elías los envió como mensajeros a los paganos del norte y del sur, incluso al lejano Egipto, para anunciarles que se prepararan, pues estaba por llegar una virgen de la cual nacería el Salvador de los hombres.

Este episodio nos muestra que cuando ciertas almas son llevadas por el soplo de la gracia a volar en el firmamento de la futura exaltación de Nuestra Señora, deben dejarse guiar sin recelo. A pesar de que se queden más acá de la realidad, su admirativo anhelo de ver vindicado el honor de la Madre de Dios apresura la manifestación de la justicia y de la misericordia divinas.

En consecuencia, el autor desea tejer algunas consideraciones con respecto al porvenir, basadas en los proféticos comentarios de su maestro espiritual, Plinio Corrêa de Oliveira, para incentivar, así, las inspiraciones de la gracia que hablan en el interior de las almas en el sentido de esperar con confianza la intervención divina en los acontecimientos, determinando el fin del dominio revolucionario y la instauración del reinado de Jesús por María.

“Las almas respirarán a María”

En la expectativa profética del Dr. Plinio, la era marial será una época de transmisión de dádivas celestiales inéditas: «Espero que Nuestra Señora nos dé dones inimaginables, súper aumentados, mucho más bellos y mucho más admirables que los ya conocidos, que ni sepamos qué decir»4. Ahora bien, para verificarse tal comunicación de gracias y designios, la humanidad debe seguir el mismo camino andado por María Santísima: el de la Sagrada Esclavitud.

En el Reino de la Virgen los hombres participarán en un grado altísimo del amor que une al divino Espíritu Santo con Nuestra Señora. Según la expresión de San Luis Grignion de Montfort, «las almas respirarán a María»5, es decir, se sentirán blanco de su inconmensurable y gratuito amor y, en consecuencia, la amarán con confianza, arrebatamiento y cariño. De ese afecto inefable nacerá un discernimiento de los espíritus mutuo, mediante el cual contemplarán unas en las otras el aspecto específico de la Madre de Dios que están llamadas a reflejar.

Sin embargo, eso sólo se realizará a través de un vínculo de esclavitud espiritual estrechísimo con la Soberana del universo, todo hecho de admiración, veneración y ternura, así como de disposición radical para el servicio, la obediencia y el holocausto. De ese modo toda la sociedad será elevada a un nuevo nivel de vida sobrenatural, cumpliendo en plenitud las palabras de San Pablo: «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva» (2 Cor 5, 17). En el conjunto de la opinión pública refulgirá la imagen y semejanza de Jesús por la mediación universal de María.

Reino de la clemencia, de la piedad y de la dulzura

En función de esa perspectiva, ¿cómo definir el Reino de María?

Mons. João S. Clá Días venera la imagen de María Auxiliadora
de la Casa de Formación Thabor, en junio de 2015

Será el reinado de la clemencia, de la piedad y de la dulzura de Nuestra Señora, la era histórica en la cual su espíritu estará presente en cada criatura y su amor cubrirá, como niebla alba y discreta, toda la tierra. Así como en los días actuales se inhala en cualquier parte el hálito pestilente e inmundo de la Revolución, caracterizado por la rebelión, el igualitarismo y la sensualidad desenfrenada, durante el Reino de María se respirará el suave perfume de la presencia y de las virtudes de la Reina celestial, sea en las almas y en los ambientes, sea en las costumbres e incluso en las civilizaciones.

El gran profeta y apóstol de María, San Luis Grignion de Montfort,6 explica que la Virgen engendrará en las almas de los paladines de su reinado una santidad tan suprema, al tratarse de una participación en sus propias virtudes, que tendrán en el orden de la gracia la proporción de los cedros del Líbano con relación a los arbustos al compararlos con los santos de las épocas anteriores.

A esos elegidos se mostrará y se entregará por entero, como jamás lo ha hecho. Habrá un momento en que cada uno de sus hijos y esclavos la verá como transfigurada delante de sí y experimentará los torrentes de amor y de misericordia que emanan de su Corazón. Todo quedará limpio, perdonado y restaurado. El Reino de María, realización máxima del Reino de Cristo, estará fundado en las almas.

Se desvelará el Secreto de María

Tal auge de vitalidad sobrenatural hará de la Iglesia y de la sociedad una imagen del cuerpo glorioso de Cristo. Sustancialmente será siempre el mismo y único Cuerpo Místico, pero estará adornado de cualidades nuevas, las cuales le conferirán una luz intensísima. Por su parte, los hombres continuarán sujetos a las malas tendencias instiladas por el pecado original; no obstante, es de esperarse que, en la mayoría de los casos, permanecerán sometidas a la razón iluminada por la fe, como resultado de una moción extraordinaria de la gracia concedida por la misericordia divina.

Para lograr ese grado de santificación y renovación de su Esposa Mística, el Señor realizará a favor de la humanidad algo análogo a lo que les sucedió a los discípulos en los días posteriores a la Pascua de Resurrección: les abrirá el espíritu para entender las Escrituras (cf. Lc 24, 45). Se desvelará entonces el Secreto de María,7 que consiste en una verdad conocida, pero no enteramente comprendida y amada. En este sentido, el Dr. Plinio afirma:

«Me da la impresión, no puedo estar seguro, de que el Secreto de María será una luz nueva sobre una verdad ya manifestada, pero cuya interpretación saltará a los ojos particularmente en esa época de la Historia. Tal verdad, contenida en la Revelación oficial, se referiría a la propia esencia de Dios y, a partir de ella, a las relaciones de Dios con la Virgen, con la Iglesia y con todas las almas. En consecuencia, las relaciones de los hombres con el universo —en el ámbito cultural, político, social y económico— estarían condicionadas a fondo por ese dato nuevo, sobre el cual incidiría una luz especial».8

Cuadro del Inmaculado Corazón de María perteneciente al
Prof. Plinio Corrêa de Oliveira

El Secreto de María no se limitará, sin embargo, a la simple asimilación de una verdad, aunque sea necesaria, porque no se ama lo que no se conoce. La clara noción con respecto a Nuestra Señora producirá en los corazones un efecto similar al experimentado por los discípulos de Emaús al oír las enseñanzas del divino Maestro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).

Por una acción de la gracia, esa cognición irá acompañada de una añadidura de amor, devoción y piedad para con Ella, que redundará, conforme indica el Dr. Plinio, en «una cierta unión de pensamientos y canales con María y, por Ella, con Jesús, que ahora no entendemos cómo serán. Se trata de algo sublime y misterioso»9.

De esas gracias surgirá una nueva civilización

La plena revelación de ese secreto abrirá las mentes y los corazones a dos aspectos específicos de la Virgen. Por una parte, se verificará una enorme profundización en la comprensión de las relaciones de Ella con la tres Personas divinas, como mencionamos más arriba. A la luz de esa convivencia, la interrelación entre las almas adquirirá tal proporción que, como explica el Dr. Plinio, «se establecería una especie de paz y de tranquilidad entre los hombres, que daría lugar a una nueva civilización»10. Y, de modo especial, «se inauguraría una relación con los Corazones de Jesús y de María, marcada por una nota de intimidad que antes no existía»11.

Por otra parte, en virtud de un desarrollo teológico favorecido por gracias insignes y, quizá, por dones místicos, quedará patente la mediación universal de la Virgen Santísima y su papel en la salvación de los hombres, poniendo de relieve la súper excelencia de su santidad. Como corolario, se hará luz sobre el enigmático proceso revolucionario y los falsos profetas que lo sustentan, los cuales envolvieron en tinieblas a la propia Iglesia.

Señala aún el Dr. Plinio que «esa nueva comprensión les abriría a los hombres tal amplitud de gracias, le daría un carácter tan filial y, al mismo tiempo, tan humilde al vínculo con Ella, que elevaría el nivel de la piedad de los fieles y, a fortiori, del clero a una altura sólo vagamente presentida por los siglos anteriores. Así, llegado el momento de la revelación del Secreto de María, nuestras esperanzas de santidad se multiplicarán por un millón»12.

Como resultado, el bien será exaltado como nunca y el mal execrado hasta sus últimas consecuencias. A medida que esa bendecida era progrese y se acerque a su apogeo, estarán asentadas las bases para que el honor debido al Creador sea dado por completo y, así, se pongo un glorioso término a la Historia.

Extraído, con adaptaciones, de:
«Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens».
São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. III, pp. 59-67; 117-129.
Notas

1 Puede causar perplejidad el hecho de calificar como aurora a un período que se distingue por la sistemática demolición de los valores cristianos y por la decadencia de la propia Iglesia, herida por los pecados de sus hijos. Sin embargo, en medio de las batallas de la Esposa del Cordero contra la Revolución gnóstica e igualitaria, despuntaron varones y damas cuya virtud contenían una fuerza y un esplendor que caracterizan y prenuncian una fase histórica de refinada santidad. San Luis María Grignion de Montfort, por ejemplo, es un santo que trasciende en mucho a su época, plenamente digno de la era marial por él mismo anunciada.
2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 19/12/1981.
3 Cf. BEATA ANA CATALINA EMMERICK. Visiones y revelaciones completas. Madrid: Ciudadela Libros, 2012, v. II, p. 316.
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Charla. São Paulo, 6/1/1981.
5 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 217.
6 Cf. Ídem, n.º 47.
7 En sus escritos, San Luis Grignion se refiere a la esclavitud de amor a María por él preconizada como un secreto revelado por el Altísimo de un camino seguro hacia la santidad. Más que prácticas piadosas, ese secreto consiste en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María (cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Le secret de Marie, n.º 1; 28).
8 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 28/7/1980.
9 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 30/8/1986.
10 Ídem, ibídem.
11 Ídem, ibídem.
12 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Charla. São Paulo, 28/4/1987.

María, Paraíso de Dios – Revista Heraldos del Evangelio

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